Escucho al profesor Rogelio Reyes, uno de los talentos más ecuánimes entre los conocedores de nuestra literatura, airear la figura medio olvidada de Pemán antes las damas de la ejemplar Asociación “Julia Rómula”. Sencillamente, sin recortar perfiles incómodos, sin exageraciones ni encogimientos, expone la memoria en trance de perderse de quien fuera tal vez el más brillante articulista de toda una época, y se lamenta de ese olvido que él extiende, con razón, a otros varios sepultados por esas “razones de la fama” que, como sabía por experiencia Quevedo, mucho tienen de razón política, citando ante todo a Azorín, el auténtico renovador de la prosa española y uno de los críticos literarios más finos que hemos tenido, cuya “Castilla” cumple el año próximo, si no me equivoco, un siglo como paradigma del retrato al natural de un país y de una cultura. Nada más dañino para la memoria literaria que el prejuicio político, como acaba de demostrarse hasta el ridículo en Sevilla con la prohibición municipal de un acto para recordar a Agustín de Foxá, a cuya prosa le han encasquetado una camisa azul los hijos y nietos de los intransigentes que antes se había ocupado de vestir con ella a escritores tan finos como Eugenio Montes, Muñoz Rojas, y ya puestos a sabios sin comparación posible como don Marcelino Menéndez y Pelayo. Este es un país tan raro que en él puede ocurrir que se ensaye la ruina de un monumento historiográfico como el de Menéndez Pidal bajo el solo dictado de “castellanista” o, del otro lado, que se menosprecie el talento de un Clarín o de un Pérez de Ayala, convictos ambos de un presunto anticlericalismo que, quienes los hemos estudiado, sabemos bien que hay que mirar con lupa antes de aceptarlo como tal. Quemamos a calzón quitado nuestras generaciones al tiempo que conservamos en el formol del convencionalismo más banal prestigios desmesurados. A Pemán mismo lo liquida hoy la desmemoria sólo por su relación con la dictadura, por más que a nadie se le ocurra descalificar a nadie por lo contrario. Admiramos, faltaría más, a quien escribió una oda a Líster, el carnicero que remataba a sus propios heridos para no dejarlos en la retaguardia. Valle-Inclán diría que “así es la España” y, en efecto, así es.
Volviendo a Pemán, querido Rogelio, la verdad es que hoy lo tendría más difícil en medio de esta ruidosa barahúnda que atruena el templo desde el peristilo, como lo tendrían más difícil los maestros que escribían sus extensas reflexiones en “El Sol” y otros periódicos frente al rifirrafe tertuliano. España es carne política, maestro, caldereta ideológica con la que los jayanes se confirman, cucharada y paso atrás.
Comprendo su elogio de ese maestro, del que fui alumno, y estoy muy vonforme con la tesis de la desmemoria y sus causas que se expone hoy. Es una pena que seamos tan cainitas, pero lo somos.
No sé a qué viene este panegíriuco de los plumíferos franquistas, a los que no conozco, pero viniendo de usted supongo que alguna razón habrá. Me ha hecho pensar, creame, porque es verdad que muchos tenemos tendencia a excluir prestiogios por razones políticas y eso no es justo.
No se extrañe, amnigo Lector, porque no es la primera vez que jagm pone en su sitio a escritores como Céline, Ezra Pound o Paul Morand, al margen de que vivieran en malos tiempos y en malas compañías. Es importante conservar el criterio literario libre de pasiones políticas y sobre todo de vetos dictados sabe Dios por qué iletrados.
La imparcialidad está por encima de las ideologías.
Don Pangloss, me lo quita usted de la boca: lo mismo pasa en Francia con Celine, o Paul Morand o en los States con Ezra Pound y sus cantos.No sé qué será de Italia. Quizás en esa tierra siga habiendo suficientes enamorados de la lengua…
Besos a todos.