¿Y ahora qué?

Comprendo que estemos exhaustos tras el inmenso barullo, que el coro de grillos no nos permita distinguir los matices. Entiendo también el alivio de unos y el desconcierto de otros tras una reacción del Gobierno sin duda enérgica pero tal vez insuficiente. El disparate separatista no acabó el viernes, más bien comenzó su periodo más duro, habida cuenta de que queda por delante nada menos que superar el enfrentamiento radical –pre-guerracivilista, para qué engañarnos— de las dos mitades en que esa canalla insensata ha dividido a Cataluña, y sin olvidar que la convocatoria de elecciones –salida obligada, por supuesto— es más que probable que, lejos de solucionar el problema, lo agudice en el caso de que las ganen los radicales. Y eso, que parece más que posible, es realmente probable teniendo en cuenta que, por la absurda imposición del PSOE, el Gobierno haya debido dejar los medios de comunicación en manos de los mismos sediciosos.

Vamos a vivir malos tiempos, de aquí a Nochebuena, y sabe Dios hasta cuándo, porque lo insensato sería pensar que un país demediado hasta el delirio va a resultar fácil de conciliar, incluso con el muy estimable apoyo de ese instrumento capital que es el artículo 155. Pero más allá de esta evidencia, quedan preguntas clamorosas en el aire. ¿Cómo es posible que un Estado –su Gobierno, sus jueces y fiscales— consintieran la retransmisión en directo del mayor delito perpetrado en nuestra democracia: ¡un Parlamento –o mejor, medio—cometiendo un delito de rebelión, no presunto sino flagrante? ¿Y por qué, tras el cese de sus cabecillas, no fueron detenidos estos gravísimos delincuentes como se hizo con los insurrectos del 23F o se habría hecho –por muchísimo menos, seguro– con cualquier tironero o camellito sin agarraderas?

No conozco las respuestas, claro está, pero sí tengo la vehemente sospecha de que, en tanto no se aclaren, una inmensa mayoría de españoles, incluidos los catalanes ajenos a la sedición, seguirá perpleja, disgustada y también convencida de que la convocatoria de nuevas elecciones no resolverá la tragedia sino que la agudizará. ¿O es posible imaginar otra cosa con la TV3 y demás medios implicados hasta las trancas en la sedición envenenando a todo trapo? Mucho me temo que este fracaso de nuestro Estado de las Autonomías se prolongue en el tiempo, paralelelamente al menos a una generación adoctrinada y a la espesa trama de intereses heredada del régimen pujolista y, todo debe decirse, de la connivencia trincona de los anteriores Gobiernos. La responsabilidad viene de lejos. Lo difícil será que venga la solución.

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