Cuatro años más, al menos teóricos, para la hegemonía del PSOE andaluz. Cuando se cumplan, habrá gobernado, año arriba año abajo, tanto como el PRI o como Franco, y Andalucía, probablemente, seguirá –¿por qué con las mismas mimbres se iba a hacer ahora una canasta diferente?—situada a la cola de la querida España y de la culta Europa. Nadie tuvo jamás una ocasión semejante para exorcizar al demonio meridional, aunque fuera para sustituirlo por un nuevo satanismo. Y es raro, porque en este bipartidismo que corre a lo loco como la gallina descabezada, ni uno ni otro miembro acaba de fallar, como ha ocurrido en otras tierras, lo que supone tanto como decir que las novedades políticas, los llamados partidos emergentes, vienen a esta feria a engalanar el real pero no a suprimir el chalaneo. ¿Y ahora, qué? Pues ahora, una de tres: o Podemos se suicida aliándose con el PSOE de las corrupciones (la expresión es suya), o Ciudadanos hace lo propio aliándose con el PSOE de las corrupciones (también es suya la expresión), o vamos otra vez a las urnas aunque sólo sea para ver qué pasa. La democracia “è bella ma troppo incomoda”, ciertamente, porque nadie dijo nunca –ni Rousseau siquiera– que la “voluntad general” pudiera, más allá de resolver el conflicto aritméticamente, garantizar por sí sola lo óptimo ni lo cierto. Los demócratas hemos de aceptar los aciertos de la mayoría tanto como respetar sus yerros.

Si Podemos y Ciudadanos mantienen “su” verdad, no habrá otro remedio que convocar de nuevo a la tribu para que ratifique su indiferencia ante la corrupción y la asunción de nuestro atraso ya histórico. Porque el PSOE se ha “legitimado” –se dice y es verdad– aunque sea al precio de la complicidad de la mayoría del electorado, pero no parece fácil que ahora pueda gobernar sin soltar antes el pesado lastre que lo abruma ni, desde luego, que las opciones “renovadoras” lleguen a constituir opciones de gobierno. La autonomía andaluza ha progresado degenerando, como decía Belmonte, rebajando el nivel de sus gestores hasta cotas sólo comparables a las del disparate de ZP, y poco van a remediar esa tragedia las andaderas recién llegadas. Nada nuevo: todavía alienta la pesadilla peronista y lo que le queda. Hemos llegado a un punto muerto en el que no nos sirven ni el fracaso ni sus remedios. Aunque hayamos de pagarlos a precio de próceres. Aunque tengamos que resignarnos a seguir viajando en el parachoque, como el Lute en sus peores tiempos.

1 Comentario

  1. No se comprende el entusiasmo. Un triunfo pírrico donde los haya presentado como un éxito de época. Y ahora, qué, en efecto. La pregunta del título va a misa.

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