La catástrofe festera de Madrid no sólo concierne a la política. Hay que reflexionar entre todos sobre el hecho mismo de la masificación –macro, mega, ‘rave’—que se ha convertido en santo y seña de la juventud. La tendencia del hombre a lo gregario es “natural” y lo gregario –lo propio de la grey—se manifiesta con el júbilo y se expresa en la fiesta, en esa circunstancia que, estimulada artificialmente, permite la indisciplina e incluso la anomia. No es preciso recurrir al aristocratismo de Ortega –aunque no esté de más—para explicar que lo gregario es lo opuesto a lo individual pero, ojo, distinto de lo solidario, porque, al fin y al cabo, ese fenómeno responde a la imposición del reflejo dionisiaco y consiguiente anulación del apolíneo, que también viaja en la conciencia humana. En cierto modo, esa pulsión que arrastra hacia la masa no deja de ser romántica, en la medida en que exige la renuncia a la Razón a favor de la Pasión: la masa es la bestia elemental –explicó André Suarès– en la que el instinto se manifiesta por doquier y la razón no aparece por ninguna parte. Horacio veía en ella el “rebaño servil” –“servus pecum”; lo de “vulgum pecus”, tan frecuente, es una errata que ha hecho fortuna– y ya desde una perspectiva sociológica estricta, David Riesman contempla la desconcertante imagen de la “muchedumbre solitaria”, el espectáculo de los seres humanos apretados en una masa que los supera, en el sentido de Durkheim, y se apropia de su voluntad. Nunca más solo el hombre que anulado, tal vez gozosamente, en el mogollón que lo lleva y lo trae como las olas al ahogado.
La juventud de esta postmodernidad se amontona peligrosamente en el opio del tumulto hasta anular por completo al individuo, que se disuelve voluntariamente en el colectivo que le es, a un tiempo, propio y ajeno. La sociedad de masas culmina en la fiesta gregaria en la que se abisma, valga el oxímoron, en busca del placebo de la soledad compartida. El individuo se disuelve para reencontrarse narcotizado vagamente en la masa, una vez arrumbada su singularidad. La porfía administrativa (y la política) poco tienen que ver con el fondo del enorme problema de una masa que, aunque quizá más grave que nunca, es el resultado de un modelo social y de sus consecuencias. Lo que urge es comprender que el fracaso de la personalidad y el éxito de la masificación tienen su origen en ese modelo que, ciertamente, no ha inventado la juventud.

3 Comentarios

  1. No solo la moda arrastra, tambien la violencia insensible de los medios, la fuerza de la opinión. No nacemos para héroes encima de una peana sino para vivir en el rebaño.

  2. Grandes verdades se dice aquí a la sombra de los romanos. Esto es Jauja, colega, no le de usted más vueltas, a no ser que prefiera usted compararlo con Sierra Morena. Elija.

  3. Creo que les conviene a más de uno que los jóvenes sean eternos adolescentes, incapaces de una idea personal, todos juntos como borregos. Al fin y al cabo si no son rebeldes a los 18 años nunca lo serán y así los de arriba pueden seguir tranquilos.

    ” La sociedad de masas culmina en la fiesta gregaria en la que se abisma, valga el oxímoron, en busca del placebo de la soledad compartida. El individuo se disuelve para reencontrarse narcotizado vagamente en la masa, una vez arrumbada su singularidad.”: nada más justo ni más triste que esta constatación…..
    Hay días, don JOsé António, en más me valdría no leerle..
    Un beso a todos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.