Tras un largo periodo de penumbra en el que la figura del presidente Truman acabó encogida por la griseidad de su figura y el tremendo impacto emocional que supusieron Hiroshima y Nagasaki, tengo la impresión de que nos llega desde los propios Estados Unidos una campaña de represtigio de aquel mandatario “por accidente”. Se evoca en ella la personalidad íntima del líder, su conocida austeridad y la constancia de sus principios éticos, y suelen citarse para ilustrar tales aspectos diversas anécdotas que para mí, mirando hoy a nuestro alrededor, son algo más que tales. Para empezar el hecho cierto de que, al terminar su mandato, tenía exactamente el mismo patrimonio que cuando llegó al poder: una casa que su mujer había heredado en Missouri. Luego el hecho –que hoy también resultaría fascinante—de que tuvo que ser el mismo Congreso el que, enterado de su modesta situación (no percibía más que una pensión de mil dólares al mes) y de que ¡debía pagar de su bolsillo el franqueo! de las numerosas cartas que diariamente enviaba– decidiera dignificarla concediéndole otra retroactiva, aparte de la famosa leyenda de que, tras intercambiar poderes con Eisenhower, renunció a todo protocolo y se fue de vuelta a casa conduciendo su propio vehículo y sin escolta alguna. Y sobre todo, su decidida renuncia a aceptar cargos de influencia, que le fueron ofrecidos a granel, como es natural, con el nobilísimo argumento de que lo que buscaban los oferentes no era sino su “figura pública” y que ésta –nada menos que la de todo un Presidente—no le pertenecía a él sino al pueblo americano. Una divulgada anécdota de Truman, ahora reproducida por sus vindicadores, cuenta que contestó a una entrevistadora que, convencida tal vez por su mediocridad aparente, quería indagar cuál había sido su auténtica vocación: “Si le digo la verdad, he tenido dos vocaciones desde siempre: ser pianista en una casa de putas y ser político. Y debo decirle que no encuentro gran diferencia entre una y otra”. ¡Sabría él de qué hablaba!

Harry Truman fue el presidente que logró la menor adhesión popular en su país. Había ganado la guerra con dos inhumanos bombazos, creado la ONU y la OTAN, inventado la Guerra Fría, reconstruido Europa con el Plan Marshall y salvado a Berlín con el famoso “puente aéreo” aparte de empatar la guerra de Corea, sobrevivió a un intento de magnicidio y se dice que durmió como un lirón la noche en que frieron a los esposos Rosenberg. Una guía me mostró en Potsdam, en el palacio de Cecilienhof, la pluma con que se había negado a firmar porque antes la usara Stalin. No me lo creí ni loco, pero comprenderán que por unas monedas tampoco era cosa de discutir.

1 Comentario

  1. Me gusta el Truman visto por usted. El “verdadero” mucho menos. La anécdota del pianista es buenísima.
    Besos a todos.

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