Los antropólogos no acaban de ponerse de acuerdo sobre las razones de fondo del canibalismo. Ahí andan todavía las tesis –la de André Soustelle sobre la antropofagia azteca, por ejemplo—sosteniendo que el canibalismo se explica simplemente por la escasez de proteínas cárnicas y que, en consecuencia, los pueblos caníbales iban a la guerra como el que va al supermercado. Después de la historia de Annibal Lecter se ha abierto camino la hipótesis de que sólo el trastorno mental puede dar sentido a una práctica que, como es bien sabido, proviene de los orígenes de la Humanidad, e incluso hay países, como Japón, en los que comerse al prójimo no está tipificado hoy como delito en el Código Penal. Allí acaba de descubrirse la odisea de un artista, un tal Mao Sugiyama, que ha ofrecido a cinco clientes sus atributos debidamente condimentados por el módico precio de 20.000 yens, vamos, unos 200 euros, pero más allá de la anécdota debe tratarse de una epidemia porque, casi simultáneamente, un drogata enteramente colgado ha debido ser reducido a tiros por la policía de Miami cuando lo descubrió devorando a un compañero de piso, mientras desde China nos llega la nueva de que un majara desaprensivo ha vendido como carne de avestruz los cuerpos despiezados de un par de docenas de jóvenes que se creían desaparecidos. Por su parte, circula por la Red un informe de un instituto oficial según la cual puede que la hambruna que aflige al país coreano desde hace años sea la causa de los frecuentes casos de antropofagia registrados por la misma autoridad que se niega a recibir ayuda extranjera por considerarla contraria a su dogmática política.
En el fondo regresivo de “sapiens”, acaso agazapado en el cerebro reptiliano, subyace el salvaje primordial a duras penas controlado por la convención. Claro que hay mucha antropofagia disfrazada culturalmente de negocio o trato, en esta sociedad desigual –cada día más desigual—empeñada en dar la razón a la máxima que Hobbes le plagió a Plauto, y en quitársela al Rousseau visionario deslumbrado por las leyendas del “buen salvaje” que le llegaban desde los Mares del Sur. Esta crisis, sin ir más lejos, está siendo un gran festín preparado en la cocina de la ingeniería financiera, ese antro pantagruélico que transforma en nutriente cuanto cae por sus fogones. El prójimo es un manjar tabú que las oportunidades críticas han vuelto comestibles a lo largo de toda nuestra Historia. No tiene demasiado sentido rasgarse las vestiduras por unos cuantos casos de antropofagia que no hacen más que confirmar esa áspera variante de nuestra condición.

3 Comentarios

  1. Comparto la idea de que para comer a un semejante no hay por qué masticar su carne. No hay más que mirar a nuestro alrededor para comprobar cómo estamos sioendo comidos por esas fauces invisibles.

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