Aunque, en realidad, sería mejor decir que no se fue nunca. El “esperpento” no fue una cabriola ni un capricho literario de Valle-Inclán sino una receta y un inspirado croquis de la realidad política española de su tiempo. ¿Que acaso es también el nuestro? Lo que Valle intuyó fue que la vida pública española no es reproducible  en términos convencionales, o lo que viene a ser lo mismo, que nuestra política –la tradicional y la que vivimos—no es traducible a tenor de ninguno de los paradigmas que brinda la ciencia de lo público. “España es un albur o un barato” fue la conclusión de su mirada romántica y, en fin de cuentas, una visión que sugiere con vehemencia nuestra lamentable  actualidad.

No sé si cuando se lean estas líneas se habrá cerrado ya ese esquivo pacto que andan tramando –¡entre rejas y a dos manos!— entre los enterradores de la socialdemocracia funeral y los montoneros antisistema que vivaquean en la nómina del mismo Estado al que acosan. Lo que tengo por cierto es que nunca había atravesado esta combatida democracia horas tan desconcertantes, ni la política había desmayado tanto su decoro primitivo. Nada es nuevo, por supuesto, ni hay trapacería política que pueda considerarse realmente original, y cierto es también que la competición entre la necedad y el egoísmo han sido una constante inalterada en la historia. Lo que resulta novedoso en la España de hoy es el factor personalista de una situación para cuyos protagonistas no parece haber límite moral ni político. Nunca una panda de mediocres como la que nos pastorea tuvo una audacia semejante, ni el paisanaje permaneció tan pasivo en su desconcierto.

En pleno centenario de Galdós hemos de leer a Valle, una vez más, si pretendemos de alcanzar el lejano motivo de nuestra singular decadencia. O quizá alternar la lectura de ambos maestros, compaginar, en la medida de lo posible, el análisis funcionalista de esta dramática deriva con la deslumbrante instantánea que encaja sólo en el esperpento. A tres pasos de Marte y casi instalados en la Luna seguimos retratados en la imagen castiza del “Ruedo Ibérico”, el poder del espadón  en manos de don Friolera, y el personal –elección tras elección–  atronando la feria con su “¡Viva mi dueño!”. ¡Ni rey ni roque! ¿Acaso sigue siendo España “una deformación grotesca de la civilización europea”? En la cafetería del Congreso, Rinconete comparte hoy el carajillo con Picalagartos, resuena con sordina “Romance de lobos” y se anuncian las “Comedias bárbaras”. Don Ramón repetiría hoy que “el mundo es un esperpento”. Y España también.

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