Desde hace una temporada he venido rechazando incrédulo la insistente noticia de que la cirugía del himen –el “remiendo de virgos” de nuestra ‘Celestina’—está proliferando exponencialmente en sociedades tan modernas y secularizadas como la italiana o la de estadounidense. No me encajaban las piezas, francamente, no me entraba con facilidad en el coco  que una juventud liberada hasta el extremo exhibicionista como la que conocemos diera marcha atrás luego, a la hora de la coyunda, hasta el extremo de recurrir a la bruja remendadora. Sin embargo, en Francia acaba de desatarse un escándalo descomunal porque un juez de Lille ha anulado un matrimonio musulmán al demostrar el marido que la novia no era virgen, cuestión que ha dividido con vehemencia a la opinión, movilizando, entre otras cosas, a personajes tan destacados como la “guardiana del sello” (no es un juego de palabras, palabra), Rachida Dati, la secretaria de Estado de Derechos de la Mujer, Valérie Létard, el portavoz de la UMD, Frédéric Lefebvre, un alto comisario y la excandidata Ségolène Royal, conformes todos en repudiar un criterio que supondría un retroceso manifiesto en los derechos de la hembra. El juez, claro está, se ha apresurado a aclarar que para él no ha pesado ni la condición religiosa ni la circunstancia simbólica, sino que se ha atenido, simplemente, a la evidencia de que en ese contrato había mediado engaño y eso él no lo podía consentir. Ya está planteada de nuevo, pues, la vieja cuestión que hizo escribir centones a los canonistas desde santo Tomás a Graciano pasando por Pedro Lombardo, conformes y liados todos en una casuística finísima que distinguía el “error in persona” del “error redundans” y oponían al debate sobre  la “cualidad esencial” que plantean hoy los políticos citados el de la “cualidad individuante”, es decir, esa condición de la persona sujeto/objeto del contrato que, de no existir en realidad, la convertía en otra y, por tanto, facilitaba el repudio o la disolución de la pareja legal. La bronca está servida, veremos que sucede a los postres.

 

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 Un argumento ha brillado, a mi modo de ver, sobre todos los demás empleados hasta ahora y ha sido el de que la admisión de esa causa de nulidad constituye sin remedio un trato desigual entre ambos sexos, toda vez que a ningún juez se le ocurriría, probablemente, ni hay noticia de que se le haya ocurrido, anular un matrimonio porque la esposa demostrara que el varón no llegaba intacto a la noche de bodas. Existen “cualidades esenciales” de la persona, en efecto, vienen a decir los opinantes franceses, pero entre ellas no puede contarse, así por las buenas, una que grave a la hembra sin afectar al macho, ‘géneros’ (‘sexos’ quiero decir) que la cultura moderna tiende a igualar en nombre de un progreso de todas las morales y no sólo de las de determinadas confesiones religiosas. No le faltaba a esta sociedad confusa más que “regresar” al simbolismo primitivo de una moral cuyo principal objetivo es obvio que fue el de proteger la herencia bien que disfrazado de vistosas racionalizaciones conectadas con la cultura del honor, revitalizando un sentido patriarcal de la dignidad que no afectaba a los actores sino a sus víctimas. Sigo preguntándome, precisamente por eso, por qué se habrá vuelto por ahí a la cirugía del himen, de dónde puede haber surgido ese nuevo sentido del compromiso que, por sus propias circunstancias, es evidente que pretende el engaño que el juez de Lille se maliciaba en el caso de los esposos musulmanes y el maestro Rojas veía en los remiendos de la vieja puta. Claro que este mundo es contradictorio a ojos vista y tampoco debería sorprendernos tanto que haya quien juegue con dos barajas en la misma timba. Veremos, decía, en qué queda el caso francés, pero vaya por delante cierta desolación por el simple hecho de que andemos todavía enredados en el laberinto del Decreto de Graciano.

6 Comentarios

  1. ‘¡Un puigmoltejo!’, dicen que dijo con tono despectivo un espectador anónimo, cuando se interrumpió la obra de teatro para anunciar que S. M. doña Isabel II, esposa de don Paquito Natillas, había alumbrado varón (El bisa del Masca). O sea que una vez cambiado el duro, quién sabe de quien es la semilla que florece. Y hereda.

    Mutatis mutandis, que las rosas del pañuelo no son sino el símbolo poderoso del machismo, de la posesión -de ahí al ‘la maté porque era mía’, solo hay un paso- con efecto retroactivo. Lo demás, es viento. O dolor de cuernos.

    Sí me intriga saber cuál es la adscripción política del juez lince, pues podría tratarse de todo un dardo a la cresta de la ministra de Justicia, la guardiana del sello, como la llama el Jefe, que es nada menos que argelinomarroquí, además de francesa, of course. Es en el campo de la política, esa ramera, donde tal gilipoyuá se concibe más fácilmente.

    Y hablando de rameras. Tuve un profe seglar de latín del que aprendí una única frase de Graciano (del que hoy me entero que fue monje, obispo o similar): “Quidam, cum non haberet uxorem, quandam meretricem sibiconiugio copulavit…” Lo que sabía el fraile.

  2. Según lo que tengo entendido , también pesó en la balanza, el hecho que la mujer quería ¡una separación rápida y discreta!

    “Este mundo es contradictorio a ojos vistas”: desde luego, y que haya en las sociedades italianas o estadounidenses más jóvenes que se hagan la cirugía del himen no me extraña en absoluto. Cuando se exagera en un sentido la reacción no tarda, e inmediatamente otros van a exagerar en sentido opuesto.
    Que haya cada vez más mujeres que se vuelvan a hacer el himen sólo quiere decir, pienso, que hay más mujeres que antes que lo tienen roto, es decir que hay más mujeres que no son vírgenes cuando se casan y no que haya más o menos hombres que exijan el himen intacto. También, por lo menos en los USA, puede ser significativo que aumenten los emigrantes y las conversiones musulmanas. Pero en Italia, es más bien la Iglesia católica de corte tradicional la que pesa sobre la sociedad. En algunos ambientes supongo que esa exigencia se reforzará, ya que hoy se puede conocer a ciencia cierta si el vástago que acaba de nacer es de veras hijo de uno o él del cartero.

  3. 21:46
    Ni de coña, don Enrique. Ya en 1804, Napoleón dudaba de que pudieran encontrar doce vírgenes en toda Francia para la ceremonia de su coronación.

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