Lo más significativo que se ha derivado de la crisis no ha sido la idea, de momento extremista, de pinchar el euro y volver a las viejas monedas europeas. Hay por ahí, en lugares tan alejados entre sí como México, Inglaterra o EEUU, intentos de escapar a sus terribles efectos sustituyendo el mercadeo convencional por el trueque ancestral que permita un respiro y un margen a los productores más empobrecidos. Los antropólogos hablan de una ruta olvidada que penetraba en Eurasia para comerciar cambiando productos exóticos por ciertas conchas –la chiprea litoralis—a las que remotas liturgias funerarias habían revalorizado en las regiones interiores, pero la idea de que el dinero supone un avance civilizatorio que nos situaría muy por encima de las circunstancias en que vivieron nuestros ancestros hace tiempo que es general. “Nunca hemos visto un perro tratar con un semejante para intercambiar un hueso”, decía ya Adam Smith en su obra capital, y sin embargo, en algunas aldeas totonacas hay indígenas habituados a mercadear con una moneda comunitaria, el “túmin”, que les sirve dentro de su propio mercado, tal como ocurre con las suyas en ciertas comarcas yanquis o griegas. Existen varias localidades británicas –Totnes, Lewes o Stroud—que cuentan con su divisa propia, pero ninguna entre ellas ha alcanzado la inquietante popularidad de la llamada “libra de Bristol” que mantiene en circulación 65.000 billetes avalados por un banco y el propio concejo local, con la intención de agrandar las posibilidades de un comercio más justo, y en  la idea, además, de que valerse de una moneda autónoma garantiza que una parte del control de la actividad económica será recuperada por las propias comunidades. El hambre aguza el ingenio, no cabe duda, y ahí tienen a los del Fisco inglés devanándose la sesera en su intento de cortar ese desafío que, una vez admitido su uso por Internet, amenaza con extenderse incómodamente. André Malraux decía que nada anima tanto el patriotismo de los pudientes y de los políticos como la amenaza de unas vacas flacas.

No creo que volvamos alguna vez al uso del trueque sistemático, sino más bien que el carácter virtual del dinero será cada día más intenso y su valor más autónomo aunque sólo sea porque el hombre, como sabía Cassirer, es un animal simbólico ante todo y sobre todo. Los tudescos que añoran el marco alemán, los celtíberos que añoran la peseta, no saben hasta qué punto están ya encadenados al euro, esa medida artificial de su ambición, y sometidos a sus impredecibles vaivenes. Yo le diría al padre Smith que tampoco yo me imagino a un “sapiens” cambiando un solomillo por unas zapatillas deportivas.

6 Comentarios

  1. Todo eso es floclore, peor bajo el folclore subyace la razón de la crisis. El dinero es una convención y nunca lo hemos sabido mejor que ahora.

  2. Esas son experiencias efímeras. Yo guardo, heredada de mis padres, una buen acolección de “dinero” republicano. Los “valesd” anarqyistas son pare verlos. Pero eso mismo nos confirma que el carácter convencional del dinero, sobre todo del papel moneda.

  3. Esas cosas son “inventos” de la necesidad, que suelen servir para poco aunque puedan ocasionar graves conflictos a los tenedores de las monedas inventadas.

  4. La ventaja del euro es que lo puede devaluar, pero hay mil maneras de meternos la mano en la faldiquera. Los griesgos y portugueses ya lo han comprobado. Toquemos madera.

  5. No sólo el dinero –la moneda– es virtual. Lo malo es que el Sistema entero se está virtualizando. Es el mejor blindaje. Mejor para ellos que se hable de “los Mercados” que de Botín. En lo que se refiere a esta experiencia extrasistema del dinero local, ningún problema. Déjenlos que jueguen.

  6. Nadie sabe lo que está ocurriendo, salvo que el sistema capitalista o de libre mercado ha implosionado como en su día implosionó el del socialismo llamado real.

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