Cuando ZP llegó al poder se apresuró a tomar tres decisiones: retirar a las tropas (no intervinientes, todo hay que decirlo) destacadas por Aznar en Irak, anular el porfiadísimo Plan Hidrográfico Nacional y derogar la Ley de Calidad de la Enseñanza. ¡Que ni la hierba volviera a crecer en las ruinas de un rival que, sin embargo, había capeado no pocos decisivos temporales! Por supuesto que es consustancial a la democracia el relevo y, en consecuencia, el cambio de rumbo político, pero no es posible dudar de que, sin un mínimo de continuidad y juego limpio entre los competidores, el progreso tartamudeará de modo fatal en la vida pública. Lo de borrón y cuenta nueva –esa sempiterna tentación del ufano recién llegado— puede que funcione como estímulo de las propias clientelas pero constituye un obstáculo casi insalvable para el interés colectivo.
De nuevo ahora, a pesar incluso de la extrema precariedad parlamentaria del Gobierno, la estrategia de éste se centra en la meticulosa demolición de lo construido por su predecesor, sin parar mientes en la calidad o el valor de lo derogado. Para empezar, todo indica que van a retirarse los imprescindibles recursos constitucionales que el Ejecutivo anterior planteó frente a un puñado de leyes liquidadoras surgidas del disparate independentista y que, en íntima relación con éste y sus intereses, ya no se mantendrá la exigencia de un cambio en el modelo de financiación autonómica vigente –tan exasperadamente exigido al Gobierno anterior— sino que va a apostarse por la “negociación bilateral” con cada una de las autonomías, un sistema obviamente favorable a la táctica de manos libres con que el sanchismo proyecta recuperar aquella ruinosa y superada alianza catalana de la Izquierda con la sedición encubierta o radical que funcionó con el llamado “Tripartito” catalán.
Tejer y destejar, pues, una vez más y como siempre, desnudar apresuradamente a un santo para vestir a otro, guiados a ciegas por esa Estrella polar tan cercana al polo celeste de los intereses particulares. ¿Acaso no tendremos arreglo, es que no lograremos fijar un rumbo de interés colectivo, un proyecto de orden superior a las martingalas partidistas y aún personales, ni siquiera amenazados en la médula social por el cáncer identitario? Mientras los pretendientes saquean la alacena de todos, Penélope teje y desteje el sudario de su suegro a la espera de que irrumpa Ulises disfrazado de porquero. Una triste imagen que parece ya imborrable sobre el palimpsesto de una experiencia social tan grata a algunos los gobernantes como difícil de comprender para quienes hemos de pagar su costosa factura.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.