Casi todos los que escribimos en esta era confusa andamos echando nuestro cuarto a espadas sobre la hilarante conseja de la ministra de Igualdad (¡vaya oxímoron!) que propone desterrar del magín infantil las fantasías –el famoso “regalo de amor” de que hablaba Lewis Carroll—contenidas en el cuento infantil, porque ven en él, y no les falta razón, un activo instrumento de socialización que, como todo en esta vida, tiene la marca macho de la tradición cultural, la única conocida, dicho sea con permiso de Bachofen. La legítima aspiración feminista está adquiriendo una vidriosa tonalidad sobre cuyo fondo la hembra se refleja ya con trazas de ménade llevando hasta el paroxismo la pulsión maniquea que vertebró siempre lo que la Campoalange llamaba “la secreta guerra de los sexos”. Un ejemplo: la ministra no se conforma ya con proponer el uso sexualmente indiscriminado del juguete –batalla seguramente perdida por razones estrictamente dinámicas—sino que se propone imponer una didáctica nueva capaz de superar la férula patriarcalista, empezando por desterrar los cuentos en que el varón aparece como héroe salvador de una hembra pasiva en el conocido esquema mítico de la prueba del mérito, esa invariante mítica. Cenicienta misma, cree la ministra que simboliza un abuso viril, a pesar de que Bettelheim propuso ver en el zapatito de cristal la irresistible seducción de la vagina o de que el padre de doña Letizia lo aceptara encantado (y nunca mejor dicho) como un obsequio de la vida. En cuanto a la pobre Blancanieves, la otra perjudicada de este “índice expurgatorio”, ya es mala suerte que haya debido soportar a un tiempo la vejación del cine porno y los neuróticos melindres de estas exaltadas. ¿No se dará cuenta la ministra de que si no fuera por el patriarcalismo de ordeno y mano que hace desfilar a su partido, ella estaría aún en Alcalá de los Gazules y, probablemente, mano sobre mano?

 

Quienes creemos que la vida, sencillamente, ha cambiado para bien y que las relaciones entre los sexos nunca volverán a ser lo que eran, podemos avisar bien alto del riesgo de que estas memeces sexistas acaben devolviéndonos a una antropología como la que en su día levantaron tíos como E.B. Bax o Stevens Goldberg, aunque dudo que la ministra conozca las fuentes. Que se produzca una “reacción”, un impulso inverso, quiero decir, harta de coles la muchedumbre a fuerza de escucharle tonterías a las amazonas. No todo estaba mal en el viejo mundo, obviamente. Otra cosa es que gente como la ministra tal vez nunca hubieran ganado en él unas oposiciones libres. No debería desconfiar de la magia de los cuentos quien se lo debe todo a un príncipe azul.

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