La secta anabaptista de los amish vive en Minnesota y Ohio aunque también en Canadá, en Ontario. Se les puede ver raramente en sus carretas tiradas por percherones, con sus discretos atuendos sin botones, tocados con sus sombreros cortos, como un “resto” teológico que busca la salvación en el anacronismo. El amish vive a gusto en el mundo del XIX y rechaza de plano el arsenal de las tecnologías, nuevas y no tan nuevas, incluidos la electricidad y el teléfono, el automóvil y, ni que decir tiene, también los nuevos trebejos de comunicación, los ordenatas y las tabletas, todo, en fin, cuanto signifique modernidad o cambio. Pero en cambio, fíjense lo que son las cosas, están enganchados a la prensa, al periódico para el propio consumo que distribuyen a buen precio entre los trescientos mil fieles de sus comunidades. El rechazo de la modernidad, es decir, de la novedad, es una vieja respuesta, una utopía (casi una distopía, quizá) en la que sus fieles creen encontrar la salvación en medio de un mundo no poco enloquecido. Varios periódicos los mantienen informados de lo único que a ese colectivo importa, a saber, lo que en la jerga periodística rancia se titulaba “ecos de sociedad”, quién dio a luz un hijo, quién falleció, quién cambió de residencia, quien casó con quién y en ese plan, una información que funciona como una muralla frente al exterior, donde reside el Mal, al afirmar el autismo del grupo aislado por principio. No les afecta la crisis, según dicen, en razón de su autosuficiencia, y puede que sean los únicos en el mundo en mantener e incluso fomentar la prensa escrita –The Budget tiene casi un siglo y cuarto de vida, pero han surgido otra media docena de publicaciones—como medio de comunicación. Se puede vivir de espaldas a la vida, pues, aunque, eso sí, renunciando a lo que por vida entendemos los demás mortales para abrazar algo así como un ascetismo pacifista y ecológico.

La pulsión adánica tampoco es ninguna novedad, por supuesto, como lo demuestra la experiencia de ciertos grupos “progresistas” desencantados del proyecto común que han creído ver en la renuncia a la electricidad y a la caja tonta –y hablo de España, ojo—una salida de emergencia a un modelo de vida ciertamente fantástico y majareta. Veo sus imágenes en el New York Times y no puedo evitar la nostalgia de mis mitos infantiles, Robinson o Tarzán, ese ideal de autosuficiencia que parece inextinguible en la crónica de la Humanidad.

7 Comentarios

  1. Tentado está uno de quitarse la chaqueta y tirar la corbata, prescindir del coche y hacerse con un sombrero corto un carromato. Loas «amish» son unos sabios a su manera y pierden por un lado lo que por otro ganan. ¿O es que esta civilización resulta tentadora a estas alturas del film?

  2. Es posible vivir, si no de espaldas, al manos, con la ventana cerrada. Es el último recurso que nos queda en muchas ocasiones, cuando los actos de los hombres nos fuerzan a rechazar su convivencia.

  3. Los amish no han descubierto más que la renuncia, un antiguo hallazgo cristiano. Vivir de espaldas significa también «renunciar» a una vida evidentemente más segura y rica, por más que el aislamiento pueda aportar una buena dosis de tranquilidad. Me gustaría conocer lo que piensa un joven amish trasladado casualmente fuera de su ámbito.

  4. No se sí desvarío. ¿Pero ninguno de ustedes se sorprende al darse cuenta de que en algunos aspectos, con los años, comparte cierta semejanza con los amish? ¿Una notable indiferencia ante muchas circunstancias que antes les inquietaba. Pues este fraile arriba firmante passsa olímpicamente de muuucho de «to».

  5. No es lo mismo, querido don Epi, no es lo mismo ni mucho menos, como no lo es por parte de otras sectas renunciar a la medicina –en al que usted nos tiene demostrado grandísimo saber. No sería lo mismo que uno hombre o un matrimonio se «retiren» de esta vida en verdad tan poco atractiva, que alejar a su propia descendencia del curso normal de las cosas. ¿Sabe usted –seguro que lo sabe– que innumerables jóvenes islámicas se desviven por lo «occidental» diabólico y son forzadas a renunciar a ello? Mi don Epi, creo que esta vez no ha valorado en su justo peso la ironía de nuestro amigo ja.

  6. Siento haberme expresado tan mal, mi don Páter. Quería decir que a cierta edad, posiblemente la que compartimos, nos despreocupamos –vestimenta, politiqueos, opinión ajena…– de lo que antaño imaginábamos que era importante.

    Hace muy bien su Reverencia en remarcar el hecho de que estos semitrogloditas privan a sus hijos de los beneficios que la civilización nos brinda. En cuanto a los medievales de hoy que, por una cuestión seudorreligiosa, imponen a sus mujeres(*) normas absurdas, comparto al ciento por uno su opinión. Beso su mano.

    *.- He asistido con agrado a la celebración de la palabra en que el protagonismo era totalmente femenino, incluso al impartir la eucaristía. Cada mes o así, visita un cura la aldea y celebra misa completa, dejando provisión de formas consagradas.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.