El grotesco episodio protagonizado por Sánchez persiguiendo al presidente americano en trazas de zascandil ha entretenido al personal durante toda la semana. Nunca habíamos visto tan arrastrada la imagen exterior de España ni a un presidente mendigar de esa manera ominosa una miradita del todopoderoso presidente que, como era previsible, no se dignó siquiera en moderar el paso y menos en dedicarle una mirada atenta. Y no es que echemos de menos la imagen chusca de los pies de Aznar encima de la mesa del rancho, pero quizá sí, y mucho, aquella otra que aportaron los gestores de la hoy denostada Transición cuando el mundo se hacía lenguas sobre el “milagro español” que había supuesto la nueva y acaso inesperada democracia. La imagen aberrante de Zapatero arrellanado en su silla al paso de la bandera yanqui bien puede situarse como gran capitular del capítulo decadente de nuestra política exterior.

Claro que ese incidente no es aislado sino que, al contrario, encaja plenamente en un panorama nacional desbaratado en el desconcierto creciente de un país a la deriva en el que un Gobierno rehén de antisistemas y proterroristas contorsiona sin tregua entre la pirueta suicida de los indultos al golpismo separatista, el desafío al poder judicial y la atolondrada tolerancia ante la agresión marroquí. ¿O esperaba un trato amistoso del “amigo americano” un presidente marioneta del populismo leninista? Seguramente Biden tiene una idea somera de nuestra circunstancia pero no es dudoso que su pretorio lo haya alertado tanto sobre la temeridad del proyecto sanchista como de la insignificancia del personaje.

Tras ese indigente “travelling” que ha avergonzado a los españoles, nos aguarda la infamia de los indultos, el desprecio al Jefe del Estado por parte de los mindundis autonómicos catalanes y la quema masiva de su imagen justo cuando el conglomerado populista de Sánchez diseña un cómodo marco penal del que desaparecerán los delitos de injurias al Jefe de Estado o a las instituciones y símbolos nacionales, mientras, ya desde el delirio, se exige –¡desde al Gobierno!—una “justicia feminista” (¡) o se incluye entre los exonerados de cumplir las penas impuestas por los tribunales a una madre cimarrona que se pasa por el arco la Ley y sus consecuencias.

No es que se cuestionen las paces sociales de la Transición, pues, sino que se atropella sin miramientos –¡y en nombre de la concordia!–  el diseño constitucional en pro de una sociedad fraguada al calor de una ideología deconstructiva que no sabe qué hacer con el edificio heredado pero no duda en derribarlo. Que no sepan ni bien ni mal lo que quieren ni a dónde nos llevan es quizá lo de menos. Lo peor es que andan reviviendo el trágico perfil de aquella república sin republicanos al trasluz de una democracia sin demócratas.

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