El último duque-consorte de Alba, Jesús Aguirre, está enterrado en el panteón que acoge a la familia ducal en el pueblo madrileño de Loeches, al lado como quien dice del Conde-Duque de Olivares, que es como, entre bromas y veras, firmaba él sus tarjetones (conservo alguno) cuando andaba por Sevilla. Mucho antes de su consorcio, el “padre Aguirre” rivalizaba cada domingo en su homilía de la iglesia de la Universitaria con Mariano Gamo, el párroco rojo de Moratalaz, siempre bajo atenta vigilancia policial, rodeado de una parroquia ilustrada dividida por la energía de su radicalismo crítico. Aguirre en Frankfurt, cercano a un por entonces desconocido Ratzinger, amigo de Hans Kung y atento a la moda de aquella famosa escuela –Adorno, Horkheimer, Habermas, Walter Benjamin…– que, a su vuelta a España, ya como director de la editorial Taurus, él mismo se encargaría de traducir e introducir entre los lectores españoles, en una política editorial que juntaba las grandes novedades europeas y americanas con la actualidad española, incluyendo a los autores noveles. Nada que ver con el Jesús Aguirre que fracasaría en la Expo 92 ni con el personaje impostado y no poco provocativo que él mismo forjó.

A quienes se atengan a la última imagen de Jesús Aguirre –ya ahorcados los hábitos y reciclado en duque de Alba tras su paso por el ministerio de Cultura– les costará tal vez imaginar a este otro personaje que exhibía su crítica a la dictadura sin mayores disimulos, como consta sobradamente, o prestaba su apoyo cómplice a una clandestinidad que vivía momentos críticos, al tiempo que participaba activamente en la precaria vida cultural de aquellos años de hierro que, para Jesús y para muchos de nosotros, culminó con la más que probable defenestración de Enrique Ruano, uno de los crímenes más crueles y absurdos de un “régimen” desbordado por su inoperancia tanto como por su paranoia.
Pocos personajes han logrado hacer de su vida una parodia tan consciente y proyectar una imagen tan equívoca como Jesús Aguirre, aquel cántabro ático, cosmopolita e hijo de padre desconocido, que se enfrentaba con energía a duros compromisos, y ayudaba con generosidad al tiempo que alardeaba de comprar sus corbatas en Londres. Recuerdo que, allá por el 98, me propuso acompañarle al monasterio de San Juan de la Peña para rescatar los restos del conde de Aranda –otro título “consorte” que le divertía utilizar— que allí habían terminado tras una rara peripecia y cuyo bicentenario de celebraba. Del cura Aguirre no quedaba ya ni rastro, sospecho que no quedaba siquiera en su propia memoria.

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