La condena del “ultra” marsellés Santos Mirasierra por su activa participación en los incidentes ocurridos en el partido entre el Olimpia de Marsella y el Atlético de Madrid ha levantado en Francia una considerable marejada en la que se han mezclado, aparte de una versión a todas luces “angélica” del suceso, los más rancios tópicos antiespañoles y alguna que otra barbaridad inaceptable incluso en ese sórdido ambiente la pasión exacerbada. Personalmente lo que estimo más deplorable de estos sucesos futboleros es la gratuidad absoluta de la violencia que en ellos se produce, la ridícula exaltación que trata de convertir estos simples comportamientos anómicos en una suerte de lance ético, acaso ideológico, en el que una banda de descerebrados da rienda suelta a sus instintos en nombre de imaginarios ideales e identidades igualmente arbitrarias. Lo que ocurrió en el estadio el día de autos, fue esta vez  visto por la inmensa mayoría y no consistió más que en una gratuita y salvaje rebelión que hubo de toparse –cierto que en condiciones de desigualdad lamentables para la autoridad—con el intento paciofocador de la pllicía que en ningún momento se excedió en sus acciones entre otras cosas porque carecía de medios y dotación adecuada para ello. El espectáculo de desorden provocado, las escenas de salvajismo –en las que aparece en primer plano y como actor destacado el ultra en cuestión—fueron de una intensidad inusitada y la imagen del jede del destacamento sangrando descalabrado por un banquetazo presumiblemente enviado por el mismo sujeto, verdaderamente desconcertantes para el espectador normal. Pretender la impunidad para actitudes como ésta es sencillamente absurdo y elevar el incidente a asunto político una de las mayores insensateces que cabe imaginar. Todos los ‘rebeldes’, incluido, por supuesto, el condenado, actuaron como auténticos cafres y si algo cabe reprochar a la policía sería su desproporcionada moderación ante un  ataque de esas características. La Justicia ha tenido en cuenta, seguramente, esta circunstancia.

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Han llovido, por descontado, las descalificaciones e improperios a esa Justicia desde la culta Francia, incluso despreciando los comentarios familiares, como ése de una hermana del condenado que ha dicho que hubiera sido preferible, para justificar la “dureza” de la sanción, que el bárbaro de su hermano hubiera “matado a uno de los policías” para justificar el castigo. La prensa, por lo general cauta, ha recogido, eso sí, toda la panoplia de insultos dedicados a España por la defensa y otras instancias que han hablado de “severidad inaudita”, decisión irracional, “pequeño autoritarismo de España” o del “orgullo y la pequeña vanidad española” que “para mostrar su esplendor” se han  ensañado con quine no sería más que una “víctima política”. Se comprueba, una vez más, que la violencia gratuita que se prodiga en los estadios sólo es posible por el amparo y respaldo que le presta un sensacionalismo mediático que, curiosamente, es el mismo que exhibe su talante ético al denunciar la barbarie “de los incontrolados de siempre”, que ni suelen ser pocos ni incontrolados. Por lo demás, sorprende la constancia de la tópica tradicional, la vigencia de ese mísero repertorio de clichés siempre a mano para apuntalar los chovinismos, todo hay que decirlo, lo mismo en Francia que en España, y que encajan con facilidad en esos magines elementales. Al contrario de lo que se pretende, en fin, tal vez lo que habría que procurar no es otra cosa que la determinación de erradicar con mano de hierro esta violencia gratuita que, de modo inconsciente, está devolviendo al ‘match’ su genuina condición de ordalía, y al deporte su carácter de sustitutivo reglado de la violencia primordial. No entro en esa sentencia pero he visto escandalizado el reportaje de esos vándalos que, además de su barbarie, reclaman también la impunidad.

6 Comentarios

  1. Ya sé que me pueden argüir que si no soy aficionada al fútbol, no puedo entender el amor a unos colores, la pasión que se desata ante la épica, la furia que acomete ante la evidente injusticia, la sensación de hermandad con quienes vibran en la misma nota que nosotros.

    Vale. Eso está muy bonito. Se han escrito millones de artículos, ahí están las radios del fin de semana, los periódicos deportivos y la sección en los demás, incluso los más serios.

    Pero yo digo que el fútbol es un cúmulo de ilegalidades consentidas cuando no estimuladas, que también. En los alrededores del estadio desaparece el Código de la Circulación. Casi todo vale, hasta que te corten las cuatro ruedas. Dentro llega la zambullida en la masa, la anomia -más ahora que reparten cartulinas y se portan gigantescas pancartas- que incita a olvidar las normas elementales de convivencia. Qué espectador de cuarenta o cincuenta años se permitiría fuera de la grada utilizar el mismo lenguaje, los mismos gestos, expresar las mismas exaltaciones. Por qué se alimenta desde dentro de los clubes la existencia de jaurías de jóvenes y no tan jóvenes exaltados que practican impunemente la violencia, el racismo, la agresión. Por qué las cuentas son tan turbias, los impagos tan frecuentes, las leyes tan olvidadas, los impuestos tan obviados, las contabilidades tan oscuras.

    Luego nos asombramos de que en determinados momentos esa ley de la selva se desborde, de que los espumarajos violentos inunden el césped, que el descontrol rija entre quienes aprovechan ese caldo de cultivo para desatar sus peores instintos. Es la guerra, se dice.

    Se habrán escrito páginas antifutboleras mucho más atinadas y tajantes que esta. Pero sí estoy segura de que si me ponen una berlina desde mi puerta al Ave, otra desde el tren al estadio y en este solo me muevo por la zona VIP y disfruto de las gabelas del palco y su copioso buffet adjunto, ni aún así y pagándome a cincuenta euros la hora de dedicación, me molestaría en aceptar la invitación.

    A mi caro y reverenciado don Páter. Es posible que el tono de mi comenta de ayer no fuera el adecuado. No dí con él y lo siento. Esas misas a que aludía eran un búsqueda de bálsamo y consuelo que ciertamente encontré para horas de angustia y soledad. Y salí de ellas con el ánimo más reconfortada. Nobleza obliga.

  2. Dejen al futbol y pásense al rugby, por ahora sigue siendo un juego más correcto. El fútbol me aburre de veras.

    No sé, pero es todo cuestión de educación….y para algunos será también cuestión de mano dura.
    Besos a todos.

  3. Veo que la parroquia anda dispersa, lo lamento porque la columna se pronuncia como era de esperar frente a la extraña presión de una sociedad como la francesa en un caso que clama al cielo, más bien al infierno. ¿Ustedes han visto el reportaje del alboroto? A mí me da la impresión de que la Justicia puede haber sido dura pero no arbitraria ante unos hechos salvajes y, efectivamente, gratuitos, como los comentados.

  4. No sé por qué el fútbol, que es un gran negocio, lleva en sí un simbolismo de guerra del que como dice Dª Marta carecen otros deportes, pero la verdad es que lo tiene. Ahí está el lenguaje de los periódicos y comentaristas deportivos: vamos a la guerra, desde la trinchera, se prevé una encerrona, será un infierno, etc. Este es un ejemplo más de cómo esa violencia simbólica que ayuda a canalizar al deporte pasa a la material por unos bestias que no hay que olvidar suelen ser financiados y protegidos por los propios clubs. Lo patético es la ligereza con que se olvida los dramas que puede ocasionar, y hasta indignante que lo quieran maquillar como una cuestión de estado.

  5. Como franchuta reacciono con un día de retraso (el tiempo que me llega la info al cerebro),pero naturalmente que el Santos se lo tiene ganado… Aquí no se trata de nacionalidades. Además supongo que será francés de primera o segunda generación y español de cien: no veo porqué lo iban a castigar más o menos….

  6. mano dura, a estos cobardes que pertenecen a lobbis de violencia, y tratan de defender mediaticamente todas sus malas acciones apoyados por industrias que sembran terror alli donde van como si de compañias tabacaleras, alcoholicas, de armas o de franquicias se tratase. un saludo

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