Dos razones he escuchado estos últimos días sobre el negocio de los piratas somalíes que me han dejado perplejo. Una, la expuesta por la ministra de Defensa denunciando, como si acabara de descubrir la pólvora, que la piratería internacional tiene su base poderosa y que esa base está en Londres. Otra, la de un curtido político de nuestra izquierda residual empeñado en la demagogia máxima de que el crimen organizado en aquellas costas no es sino la justa respuesta del pueblo al “saqueo” pesquero de sus aguas por parte de los países ricos. Muestra la primera que la ministra no tiene ni idea de esa historia, tan sublimada por la leyenda, que constituye una de las páginas más tristes de la historia humana, que ignora que la delincuencia marina se remonta a Ulises por lo menos, que César ya la combatió, que los berberiscos hicieron durante siglos su ‘yihad’ marina apoyados impunemente en sus bases de Argelia o Túnez (Barbarroja gobernó Yerba en nombre del sátrapa tunecino), que Francia utilizó la piratería contra el poderío español financiando y honrando a asesinos feroces como el Olonés, o que Inglaterra ennobleció e hizo parlamentario y vicealmirante a ‘Sir’ Drake tras invadir nuestro litoral y luchar contra la Invencible, además de honrar como ‘caballero’ a Morgan el filibustero. Siempre fueron y vinieron por el Támesis los navíos piratas y siempre la Corona fue su banco y su principal socio. Y en cuanto a la segunda cuestión, aparte de que no pasa de cuento improvisado, la historiografía particular es unánime en que bucaneros y piratas, pechelingues y filibusteros, la fabularia “Hermandad de la Costa”, no fueron nunca más que una tropa delincuente al servicio de los poderes europeos. El “corso” no lo ha inventado un Estado en ruinas como el somalí, evidentemente, ni fue nunca otra cosa que un crimen contrario al universal “derecho de gentes”. Lo demás son cuentos o pruritos de singularidad.

Va a ser, por tanto, tan difícil controlar las “bases” londinenses –financieras o legales, quizá incluso políticas— como impedir que la reina Isabel se deslumbre ante Sir Walter Raleigh, y al final no quedará otra que, como hicieran nuestros trasabuelos, desembarcar trabuco en mano y desmantelar esas Tortugas, Pitiguaos o Guaricos en que se refugia y organiza, apoyada desde lejos, esa inmemorial delincuencia. La piratería es un negocio de dos (por lo menos), en el que la “sociedad de bucaneros” probablemente no sea la que se lleve mayores beneficios. Hay poderes, bancos y abogados que no se han embarcado más que en sus yates, pero a los que encajaría sin problemas el garfio en la muñeca y el parche en el ojo. En Londres y fuera de Londres, por ejemplo en Madrid.

7 Comentarios

  1. Y olé su madre, y qué bien dicho está! A ver quien se atreve a rebatirle algo a don José António!
    Besos a todos.

  2. Quien olvide que el primer empresario de la Historia fue el pirata, es que tiene poca idea de la misma. Ya lo decía Tucídides al comienzo de sus Historias de la Guerra del Peloponeso: “En efecto, los antiguos griegos, como también los bárbaros afincados en el continente o en las islas, tan pronto entablaron entre sí más frecuente comunicación marítima, dedicáronse a la piratería bajo la dirección de hombres relevantes, no ya sólo en provecho propio, sino para manutención de menesterosos, e irrumpiendo en sus poleis (πόλεις) desprovistas de murallas (ἀτειχίστoι) y compuestas de aldeas (κώμαι), las saqueaban, consiguiendo de este modo su principal medio de vida, sin que ello implicara entonces deshonor, sino más bien cierto timbre de gloria. Aun tenemos la prueba en ciertos continentales, vanagloriosos del éxito en tales empresas, y antiguos poetas cuando interrogan invariablemente a los navegantes que arriban si son piratas, deduciéndose que ni los interpelados lo reputaban indigno, ni era ofensiva la curiosidad por averiguarlo”.

    Gracias, José Antonio, por traer el tema a estos pobres urbanitas.

  3. Fino y culto rejón en el morrillo de este morcaloco ciego y bronco que nos ha tocado lidiar. Que aprendan. La pratería no es un invento reciente ni una práctica concebible en pleno siglo XXI. ¿Qué “orden internacional” ese ése por el que mueren nuestro soldados pero que no es capaz de garantizar algo tan elemental como la “libertad de los mares”?

  4. La cultura de ja permite comprobar a quienes pudieran creer que los piratas célebres de la leyenda fueron personajes reales, cuya peripecia recoge una histpriogrtafía que ya en otras ocasione sha demostrado que conoce.

    Respecto a las dos bromas que critica, hay que decir que lleva tanta razón en señalar el despiste de la ministrita como en denunciar la demagogia del político de esa “izquierda residual” que culpa a los atuneros de saqueadores. La ignorancia es con frecuencia la razón de la mala política. También lo es de la demagogia, como puede verse.

  5. Temo, don ja, que eres un optimista incluso planteando estas bromas y censuras, pues no pretenderás que esa tropa, como sueles decir siguiendo a Romanones (sólo en eso), tenga mayores fundamentos para hablar de la piratería. El tema, humor aparte, me parece de extramada gravedad, sobre todo sabiendo por El Mundo de hoy que enfrenta a ministros entre sí y con la Audiencia Nacional, mientras el peligro –mayor de lo que parece que se estima oficialmente– planea sobre los secuestrados.

  6. Es asombroso el lío que están armando desde el Gobierno, por esa manía de capitalizar todo asunto notorio. De la Justicia –y no sólo de Garzón–, mejor no hablar. Nunca un secuestro tuvo gestores más decsoncertados e imprudentes. Quiera Dios que todo acabe bien, aunque sea dejando maltrecho el Estado de Derecho.

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