Rectificar es cosa propia de sabios, no hay por qué discrepar de Pope y de Swift, pero, bien entendido, que aquel poeta daba por supuesta la espontaneidad de la rectificación. No hay tanta sabiduría en el rectificador cuando obedece a presiones poco resistibles, como ha sido el caso de la Junta de Andalucía al anular la impagable multa impuesta a unas monjitas por el tremendo delito de restaurar un órgano ruinoso. Lo notable ha sido la unanimidad de la protesta, la reacción de tirios y troyanos ante ese alarde de autoridad con los débiles –“¡que duros con las espigas, qué blandos con las espuelas!”, ustedes ya me entienden— que contrasta con la manga ancha ofrecida por el “régimen” a tanto mangante. Claro que bien está lo que bien acaba –viajemos de Pope a Shakespeare— aunque sea forzado por el clamor.

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