Parece cada día más claro que, a medida que se complica el damero maldito de la política española, sus cabezas pensantes, gravitando sobre las “redes” y, en definitiva, sobre la conciencia pública, se enrocan de manera progresiva en la banalidad. Se ha roto de hecho la nación (no nos engañemos)  y se ha indultado a los culpables, nos amenazan “danas” y “ciclogénesis” que rompen en incendios “inextinguibles”, descresta día tras día el precio del megawatio, reaparece la inflación, se arrastra nuestra imagen exterior por raseros desconocidos y los sabios alertan del peligro de tsunami que acecha en la “falla de Averroes”…, mientras nuestros legisladores se afanan en torno a una Ley del bienestar animal imprescindible frente al “racismo canino” (sic). ¿O acaso no era urgente armonizar los criterios autonómicos sobre las estirpes caninas?

Me saca de mis cavilaciones, sin embargo, la imagen de una concejala de Lorca –la de seguridad ciudadana, nada menos–  que, por completo ajena a la dignidad de las instituciones, se luce ofreciendo el espectáculo viral de una boda de perros –“Alma” y Dody” creo que eran eran sus gracias– celebrada ante un altar laico con recios ciriales y asistida por el padrinazgo de dos policías municipales de uniforme con sus respectivas madrinas. ¿Estamos o no estamos mochales? Decida cada cual y cada cuala.

En tiempos más recios no faltarían en la Caverna atribuciones de estas rarezas a una implacable justicia divina, pero en este ambiente saturado de racionalizaciones de esas que llaman “líquidas”, más valdría que se postulara la gravedad de unos hechos que parecen empeñados en probar la tesis spengleriana de “la decadencia de Occidente”  si no invocar la famosa “destruyción de España” de que hablaban las crónicas medievales. Para acabar con cualquier duda ahí están las imágenes del número dos de Exteriores acusando a su ministra de urdir la peligrosa entrada ilegal de un cuestionado líder extranjero o a un ministro de Interior puesto en evidencia ante el juez por el suyo, por no hablar de los líos de un ministro de Interior crucificado un día sí y otro también por los síndicos policiales.

¿Hacia dónde va un país en pandemia y en plena ruina económica, en el que los perros se casan  ceremonialmente en los Ayuntamientos desde los que una ménade consistorial pone a caer de un burro al presidente del Gobierno, al tiempo que el Jefe del Estado es humillado desde su taifa por cualquier mequetrefe, y el Gobierno, que se las trae tiesas con la Justicia, es vapuleado cuando no chantajeado por sus socios?

Se ha escrito alguna vez que la dignidad de un pueblo se expresa en la forma en que trata a sus animales. La imagen de esa edil lorquiana  sacramentando franciscanamente su boda canina, parece sugerir que los españoles acariciamos ya la más deslumbrante plenitud moral.

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