Siguiendo el aviso de un amigo que profesa en una universidad americana, localizo en Internet un anuncio en el que, bajo una mención de mi humilde persona, se ofrecía un libro mío, editado hace no diré cuántos años, revalorizado por la “dedicatoria del autor” que en él figuraba. Como esto de las dedicatorias de autor en librerías de lance es negocio antiguo me he apresurado a reclamar el ejemplar en cuestión que, en efecto, una vez en mis manos, compruebo que es el mismo que entonces dediqué a un gran amigo –figura clave de la Transición española, por cierto—recientemente desaparecido y a quien un sobrino, el inevitable sobrino, diría yo, le ha pulido la biblioteca sin pensárselo dos veces, autógrafos incluidos. He acariciado el libro como si estrechara de nuevo la mano del amigo que se fue, no les niego que con una punta de indignación por ver en la almoneda no sólo el tesoro de una vida sino incluso esos testimonios íntimos que suelen ser las dedicatorias cuando de verdad lo son, y luego me he quedado rondando en el triste destino de esos bienes que hemos acumulado durante toda una vida para acabar siendo malbaratados por algún advenedizo. Haro Tecglen decía que los libros no tienen peores enemigos que la humedad y los yernos, pero por lo que acabo de comprobar se olvidó de incluir a los sobrinos en la temible relación de esos destructores que deshacen el objeto de nuestras vidas entregando al ropavejero, sin el menor asomo de mala conciencia, cuanto durante ellas nos ha desvelado. Libros dedicados ha habido siempre en los puestecillos de ocasión, ya digo que con trazas de sospechosos pero, al fin y al cabo, exponente de una realidad que no se puede decir que carezca de fundamentos. Seguro que por el fetiche, no por mi autógrafo, he tenido que pagar por el libro fantasma casi cincuenta veces el precio con salió al mercado en su día. Y casi me he alegrado pensando en el logrero del sobrino.

 

No son nuestros bienes, son nuestras vidas las que fracasan tras nosotros, en la mayoría de los casos, porque demostrado está que sólo el ojo del amo guarda la viña. Pero duele imaginar esa súbita dispersión de lo más nuestro, ese desmayo de la íntima propiedad, que la ausencia hace inevitable sin reparar siquiera en esas huellas sentimentales que toda herencia contiene. Hay en los rastros callejeros, gafas de difuntos, plumas y mitones, papeles y anillos que lo fueron todo un día para alguien y han pasado súbitamente a no ser casi nada para todos. Yo he acogido ese libro entre los míos abrumado por la evidencia de nuestra brevedad. Un día puede que no haya quien le encuentre sentido a mi dedicatoria refugiada en mis propios anaqueles.

5 Comentarios

  1. Triste perspectiva para los amantes de los libros, que nos hemos pasaod toda una vida sacrificándonos por reunir una biblioteca. Pero gran verdad la que se dice y cuenta, y buen aviso para navegantes. En España se legan ppocas bibliotecas a las instituciones, y esa es una facilidad más para los “sobrinos” y “yernos”.

  2. Si los ha leído ya, ¿para quélos quiere? Si no los ha leído aún, ¿para qué loe quiere? Creo poco en los acummuladores de libros s nos er que se les note a la legua que son también lectores, como es el caso de este anfitrión.
    Biblioteca personal: sólo 600 libros escogidos.

  3. Comparto la última frase del autor: me temo que lo que escaseará en el futuro es personal dispuesto a pagar por libros en papel con o sin dedicatoria ilustre.

    Es más, creo que el futuro de las bibliotecas está en una clientela que busca un sitio más o menos cómodo y gratuito donde poder ver periódicos y revistas o conectarse a internet. A la recién inaugurada biblioteca de Alcalá de Gra. me remito.

    Los libros cada vez son más una carga (en su dimensión física y sentimental) para la siguiente generación.

    Sdos.

  4. Creo que exagera don Rafa como creo que el libro no desaparecerá nunca, a no ser que las tecnologías –cosa posible– alcancen un nivel del que ahora mismo carecen. No nos engañemos, hoy es difícil leer textos electrónicos. Otra cosa es consultarlos, pues hay servicios efecisísimos. Los “wikipedios” tienen ya bastante terreno ganado. El futuro de la erudición es el que está comprometido.

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