Dos acontecimientos simultáneamente acaecidos han reabierto en Europa el debate sobre la eutanasia. El martes moría en Amberes el emblemático escritor flamenco Hugo Claus, el autor del inolvidable “Le chagrin des Belges”, viejo discípulo de Artaud y autor de un centenar de obras de varios géneros, me temo que más bien poco conocidas entre nosotros, que eligió poner fin a su vida una vez que el mal de Alzheimer acabó por reducirlo a la práctica inactividad. Al día siguiente fue encontrado sin vida el cuerpo de Chantal Sébire, la mujer afectada de un terrible tumor deformante a la que acababa de serle denegado por la Justicia francesa su solicitud de eutanasia. La legalización de la “buena muerte” en los Países Bajos, permitió que el deseo de Claus fuera atendido en la fecha elegida por él mismo, mientras que se ignoran, por el momento, las circunstancias de la muerte de Sébire, dado que en Francia no está permitida la muerte asistida, pero ambos casos han disparado un aluvión de críticas y comentarios que de nuevo replantean la cuestión de la libertad del individuo para elegir su fin, al menos en ciertas condiciones de vida que no resulta difícil estimar inaceptables. No es preciso insistir en la componente estrictamente ideológica que informa la oposición a esa libertad supina y, menos aún, en su origen cristiano que algunos autores han explicado como mera reacción a la cultura pagana en la que el suicidio en cualquiera de sus formas (Séneca desangrado por su médico o Nerón atravesado por su pretoriano son dos ejemplos claros de eutanasia activa), pero la realidad es que la discusión actual se distancia de la idea de suicidio al plantear como un derecho el que asiste al ser humano condenado irreversiblemente a un sufrimiento y a una degradación ciertamente inhumanas. El rostro sereno de Claus o la monstruosa cara atormentada de la pobre Chantal dejan escaso margen de discusión a un moralismo limitado por su propia índole metafísica.                                                                  xxxxxNo hay forma moralmente lógica de oponerse al deseo de morir con dignidad porque si se dice que nadie es dueño de su vida más cierto es, sin duda posible, que nadie puede serlo de la ajena, lo que reduce la porfía a un círculo estrictamente confesional que no parece que tenga mucho ni poco que ver con la moral y menos con la ética. Es verdad, eso sí, que casos como el último mencionado, sólo con reproducir la espantosa imagen de la solicitante, valen en este pulso más que cien mil discusiones y serán aprovechados, en consecuencia, por la militancia de esa causa, pero entiendo que la razón no debería apoyarse en la truculencia atroz de un rostro destruido o en el espectáculo de un sufrimiento infrahumano para atender a un deseo realengo que, descartados los supuestos gratuitos o patológicos, debería ser reconocido de una vez por la ley. No me parece que sea necesaria la literatura –hablar, como los románticos, del “sublime coraje del vencido” y demás– para reconocer un derecho contra el que nadie es capaz de argumentar una sola razón que no sea metafísica. Y no entiendo por qué tienen tan buena prensa entre nosotros la escena de Séneca en la bañera –no hay escolar al que no le hayan mostrado esa imagen– o el salto de Ganivet desde el acantilado que tanto recuerda a cierto conocido cuadro de Alenza. Voltaire se escandalizaba de que respetemos más a los muertos que los vivos, y me parece que estos dos luctuosos sucesos que hoy dividen otra vez a la opinión europea, le dan la razón de plano, a no ser que alguien logre argüir por qué hubiera sido mejor aguardar a que un vitalista señero como Hugo Claus quedara reducido a su versión vegetal o a que la desdichada Chantal Sébire acabara convertida en una repugnante masa informe. Hay sobrado espacio moral entre el abuso y la necesidad. Me parece que nadie ha expresado esto mejor que Malraux cuando escribió que nadie se mata si no es para existir.

27 Comentarios

  1. Duro tema, incuestionablemente duro, para quien se acerca a él con el pre-juicio de una moral que a muchas generaciones nos fue inculcada desde el destete. Hay que realizar el esfuerzo de ponerse en el lugar del “otro” y luego reflexionar sobre lo anterior.

    Son distintos los casos de Claus y Chantal. Al menos para mis cortas entendederas. Conozco algún caso de Alzheimer. Sobrepasada una etapa de semi-humanidad, que incluye rebelión y agresividad, en una etapa anterior al vegetalismo, de duración variable, el ser humano deconstruido se convierte en ¿un animalillo?, ¿un lactante?, que sonríe a la voz que le mima, que responde a la mano que aprieta la suya. Yo sería incapaz de administrarle la sedación definitiva. Cuando hay que alimentarlo ya con sonda, cuando es un despojo inerte arrugado y sucio a cada rato, insensibles sus sentidos, entonces la sonda nasogástrica, los dodotis, las sábanas limpias, son para mí equivalentes al famoso encarnizamiento terapeútico de la lucecita del Pardo que se apagó en la Paz.

    Chantal se resistió a la sedación. ¿Qué diferencia podría experimentar ella entre el coma que le ofrecieron y la inyección directamente letal? No quería permanecer como vegetal -no sabemos el tiempo ni las condiciones- para un más tardío desenlace del que iba a ser igual de inconsciente. ¿Por un prurito de dignidad, a la que se podría llamar postmortem?. Con la primera no violentaba la ley, con la segunda, sí. ¿Un desafío, sentirse pionera o tal vez heroína? Me aterra ser cruel.

    Difícil, filoso y delicadísimo tema que se tiran unos a otros, políticos a médicos y viceversa, como patata caliente. La legislación permisiva -no tengo capacidad filosófica y sola no soy capaz de salir de mi duda- tendría que ser rigurosamente estricta, poderosamente inexpugnable para que no ocurriera como con el aborto. Estudio riguroso caso a caso. Y aún así surgirían tantas sospechas…

    He presenciado, y no recientemente, suficientes eutanasias pasivas como para reconocer lo que encierra de dignidad para el moribundo, para el médico, para el entorno familiar y social. Desconozco los protocolos que se aplican hoy. Pero igual que el juez impregnado de ética prefiere que un culpable salga libre a que un inocente sea condenado, me planteo cuántas eutanasias ‘delictivas’ podrían producirse con una legislación insuficientemente severa. No olvidemos el triste dicho de que quien hace la ley.

    Permítanme por una vez que les remita a mi primer párrafo. Es posible que otras generaciones posteriores se enfrenten al problema con una óptica diferente. Allá ellos.

  2. Creo que no hay que hilar tan fino, aunque nunca esté de más afinar, doña Shiva. Creo que el punto está en que Chantal “militaba”: por eso rechazaba componendas. Reclamaba el derecho claro, no el semi-derecho, el derecho camuflado. Por lo demás, no lo dude: esas generaciones futuras de que hablan están ya aquí.

  3. Medido, prudente, valeroso. No hay confundir temas delicados con temas insolubles. Ja apuesta por la idea de que nadie puede decirle a otro que no es dueño de su vida, porque lo que nadie posee es el derecho sobre la vida ajena. Me parece que ahí está la clave de la columna de hoy, que nadie debe confundir con un cheque en blanco en ningún sentido.

  4. La vida que no es vida no es vida. ¿Lo quieren m ás sencillo? Discrepo muhcop de las opiniones de GM pero hoy he dfe darle la razón y se la doy encantado.

  5. “Hay sobrado espacio moral entre el abuso y la necesidad”. Ésta sí que es la clave de la columna, doctor Pangloss, aunque la frase que usted señala no es moco de pavo. Es curioso lo sensato que puede ser un radical.

  6. El ejemplo de Séneca es magnífico, así como el de Ganivet (menos conocido). ¿Por qué presentar como algo “respetable” esa “eutanasia asistida” del Filósofo y negársela a Pepillo el de los Palotes? Una vez más, la doble moral,. la fragilidad de la “ideología”, venga de donde venga, en cuanto acaba siendo siempre una racionalización de lo real en función de prejuicios o intereses. JA mira la trageida de esas personas y reclama sus derechos sin componendas. Porque cree en la Persona, es decir, en la Libertad.

  7. El derecho a disponer de la propia vida es innegable, salvo desde eso que ustedes han llamado la “ideología”. Es el caso, poco sensato, de la Iglesia, que debería recordar que los verdugos de Jesús le ofrecieron un lenitivo ya cricificado y aunque lo rechazó, lo probó… Además, el de los Palotes no es Jesús, pero no tiene por qué ser menos que Séneca.

  8. Creo entender que gomez marin está contra el PP en el asunto de Leganés. No sé si me equivoco, si es así está bien.

  9. Una muerte serena, una despedida en paz. C reo que la tecnología actual cada día lo pone más fácil al juez y al médico, siempre con permiso del paciente o, en su caso, de la familia. Negarlo, oponerse, es tratar de vaciar el mar con el cubo del niño que relataba san Agustín.

  10. No es que yo espere que Sociata entienda alguna vez, es senillamente que salta a la vista que la reflexión de esta columna nada tiene que ver con la actuación de un espontáneo convertido en amable verdugo de sus pacientes por su cuenta y riesgo. Estoy por completo de acuerdo con la serena reflexión de hoy.

  11. Rece el que sepa y quiera por los dos. Chantal me ha hecho llorar de espanto y de piedad. Estoy segura de que ha reencontrado la paz.

  12. Sociatilla, prenda, eres tontorrón además de malicioso. ¿Cuándo te convencerás de que nada tienes que hacer con este pavo?

  13. Sociata se arroga el derecho del veredicto de lo que está bien y no está bien. Como están acostumbrados, otorgan o niegan el carné de demócrata. A tomar por saco.

  14. Dirigirse unos a otros es tertulia y casinillo ¿o no?

    Mi doña Clarines (con todo el afecto): Chantal militaba. De acuerdo. Pero ¿en qué? En una idea, en un ideal, en un idealismo. Reclamaba una ley. ¿Pero de qué rango, de mayoría simple, de mayoría absoluta, de mayoría cualificada, orgánica, decreto-ley? Porque como decía mi amigo, un sociata de pata negra, allá por el 83 o el 84, ‘No es lo mismo llamar a la puerta, que levantarse a abrir’.

    No conozco ni por el forro la ley holandesa, ni la suiza. Pero el calvinismo centroeuropeo es muy distinto del catolicsimo laxo de los mediterráneos. Aquí medran los listos, no los inteligentes; los osados, no los estrictos; los chapuceros, no los cumplidores. ¿Le resulta difícil imaginar un holding que incluyera empresas de muerte ‘digna’ je, je, despedidas de vivientes, Dj’s de suite mortuoria, maquillaje funerario, floristería variada, féretros de fantasía, crematorios al gusto, excursión cineraria, banquetes de consuelo y varietés de ese porte?

  15. Comparto, a nivel personal, las ideas expuestas por Gómez Marín, y, muy en particular, su desarrollo en las palabras de Shiva. No comparto sin embargo en el texto la frase “No es preciso insistir en la componente estrictamente ideológica que informa la oposición a esa libertad supina y, menos aún, en su origen cristiano”. En 1981 publicó P. Veyne (un magnífico investigador francés no demasiado apreciado por los de mi gremio) en el nº 40 de la revista Latomus, un trabajo titulado “Suicide, fisc, esclavage, capital et droit romain”. En él se muestra con toda claridad documental que la civilización romana era totalmente opuesta al suicidio, al que, no obstante, se veían impelidos aún el siglo I los que deseaban -como Séneca- escapar a un juicio de lesa majestad que hubiese terminado con la confiscación de sus bienes familiares, perjudicando así a algo más importante entonces que el individuo: su grupo familiar.
    El cristianismo, nacido como contracultura en principio, heredó en esto -cuando tuvo responsabilidad de gobierno de las mentes desde el Estado en el que terminó por integrarse- la norma romana, como hizo en otros ámbitos, como por ejemplo en el del matrimonio. Al fin y al cabo el cristianismo fue tan romano como la religión olímpica (también Grecia terminó dentro del Imperio e influyó grandemente en su desarrollo). Oponer cristianos a romanos puede estar muy bien como propaganda de la Iglesia (algo así como la oposición actual de un partido comunista europeo al liberalismo al que apoya de facto) pero no resiste el análisis histórico (o sea, racional).
    Entiendo que en toda cultura -o sea en todo intento de llevar la contra a la naturaleza con vista a sacar mayor provecho a la existencia del que se podía esperar de no actuar- haya una preocupación especial por los dos punto más débiles de la vida, por sus puertas podríamos decir (como en las ciudades amuralladas): la de entrada -relacionada con el sexo- y la de salida, la de la muerte (parte integrante de la vida, no lo olvidemos, más allá del individuo). Toda comunidad cultural que en el mundo ha sido ha tendido a controlar lo uno (mediante la institución del matrimonio) y lo otro (el derecho a matar, incluso a matarse uno mismo, dentro de la propia comunidad). El problema está en hasta qué punto el individuo puede funcionar al margen de la comunidad o esta puede hacerlo fastidiando al individuo. Para mí, en este caso, como en otro, es el eterno problema de la búsqueda de un equilibrio, necesariamente inestable (y por tanto abierto al progreso) entre los elementos de eso tan poco lógico en el fondo como es un sistema. Pero estas son ideas personales que no intentan más que colaborar en la reflexión aquí iniciada.

  16. Pues a mí el ejemplo de Séneca me parece muy bueno para poner de relieve la contradicción de nuestra moral social, y esa moral social viene del cristianismo. Creo que eso es lo que sugiere gm.

  17. No lo veo yo tan claro, prof. Chic. Realeamos ese art. de Veyne, que por cierto, está más a mano en el libro “La Sociedad Romana” (Mondadori, 1991), y veremos que, como sugiere jagm, en Roma el suicidio era “más frecuente” que en nuestra época, y que el derecho, como es natural, no entraba ni salía en la materia, salvo para declararlo, como hace Ulpiano, “una libertad natural”. Por muy “opuesta al suicidio” que fuera esa sociedad, parece lógico que el cristianismo se enfrenta a esa permisividad legal porque atribuye a la vida un valor extrahumano que no veía (y no lo podía ver, en efecto, en la mentalidad llamada “pagana”. Lleva razón Chic cuando atribuye al cristianismo condición de “contracultura”: creo con gm que también respecto al concepto de vida y, en consecuencia, a la idea de suicidio. El suicidio para Roma es un acto libre; para el cristianismo es un crimen de lesa humanidad, como lo prueba la exclusión del suicida de los cementerios. En fin, hay otras muchas fuentes en que podríamos apoyarnos para seguir la discusión, sobre todo Ph. Ariès, J. Ziegler, E. Morin y demás, pero creo que es suficiente entender llanamente lo que jagm ha escrito.

  18. Me ha emocionado su compasión y su cultura. Estoy muy de acuerdo con la brillante frase de Malraux que cita usted. ¿O es que escapar a la “no vida” no es buscar una vida mejor? Creo que es de responder que sí.

  19. También creo que la condena del suicidio y su “mala prensa” es obra del cristianismo vs. paganismo. A Séneca se le da trato favorable porque hasta hay leyendas sobre su relación con la nueva religión y sus apóstoles y porque el estoicismo converge bastante con la doctrina nueva. En Roma era frecuente el suicidio y era permitido, aunque supomngo que no era plato de gusto para los parientes y afectos (o sí, según), mientras que luego se establece como doctrina que el que dispone de su vida peca contra Dios. No creo que esto sea discutible, y desde luego es evidente que mucho de lo que hoy ocurre es consecuencia de lo mismo: de la vigencia de esa idea primitiva.

  20. Merecido descanso para periodistas y lectores. Es sábado de gloria.

    No obstante y aprovechando el paso del Pisuerga, y que internet no cierra por vacaciones, creo que no puede faltar la mínima, obligada comparación con la ley que todos tenemos en mente. La del aborto. Igual que se ha aggiornato la del divorcio, es preciso una ley más clara, con menos coladeros que la que se aprobó en su momento. Si tiene que haberla, háyala, allá cada cual con acogerse a ella o no, pero con los límites bien marcados.

    Lo mismo que la de la eutanasia, caso de existir esta, que ya parece claro que existirá, tiene que muy ser clara, estricta, concisa y sin posiblididades de manipulación ni interpretaciones torticeras, que las terminará habiendo, la del aborto tiene que impedir esos asesinatos a seres viables -nada de células madre, ambiguas como dudosas para quien lo sean- sino que a partir de un plazo insosloyable, no se pueda trocear a un feto, repito perfectamente viable, para ponerlo luego en la túrmix y que salga por el desagüe. Nada de inhabilitaciones, cierres o multas e indemnizaciones. Para los carniceros: trullo cerullo. Trullo como para el que da tiros en la nuca. Hasta que cumpla los ochenta o se suicide. Más barato nos sale a los contribuyentes esto último.

    ¿Radical, utópica, fachosa la shiva? Po fale, por malegro.

    (Encuentro perfectamente normal el silencio de mi don Páter en estas escabrosidades. Lo respeto. Debe estar con sus Oficios, su meditación, su clara esperanza en la Resurrección, su júbilo al caer esta noche. Lumen Christi, deo gratias. Pero creo que no le faltan agallas para mojarse, si es que no lo ha hecho ya con otro alias. Su voz sería leída con el mayor de los respetos).

  21. El Páter está en MonteCasino, y no de turismo. Le aseguro que coincidiría con la columna de ayer.

  22. Me cuesta trabajo pensar que el Reverendo Cura rechace la tentación de asomarse al blog en aquella maravilla. Pero también es más que posible que esté tan ensimismado en su morada interior que la haya vencido.

    Como no ocurrió en las dos ciudades arrasadas por el fuego, debe ser cierto que queden al menos diez justos, que merecen que los demás no seamos castigados por nuestras iniquidades. Nuestro Páter es sin duda uno de esos Justos. Su Dios le bendiga y le colme de salud y paz espiritual.

  23. Llego tarde y me encuentro con el discreto debate provocado por el prof. Chic a quien responden Docente y mi admirado Heródoto. No entro ni salgo, pero diré que la bibliografía a que nos remite Heródoto quizá no sea la más ilustrativa. Yo recomendaría el clásicod e Cochcrane, el de Burkhardt sobre Constantino y las cosas de Dodds, a veces citadas por jagm. Creo que entre el mundo clásico y el mundo cristiano se abre un proceso hondísimo del que acabará emergiendo la cultura europea tal como la conocemos, un proceso entre dos culturas que pugnan entre sí y en el que acaba venciendo el cristianismo. Acabo de releer el capítulo que Cochcrene dedica a san Agustín y se lo recomiendo a todos, sin ánimo de polemizar.

  24. No se me olviden de Arnaldo Momigliano, en especial de su estudio sobre el decisivo siglo IV y el “Paganos, judíos y cristianos”. A la escuela de Chicago lo que es suyo…, y lo digo porque conozco hasta qué punto jagm ha trabajado a fondo a este autor.

  25. Véase cómo un tema puede derivar hacia la discusión teórica para enriquecimiento de todos. En este blog hay una cosa que me encanta: muchos sabios que no son “fardones”. Casi lo contrario que la mayoría.

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