Charla estival de esas en las que uno pasa sin percatarse de lo divino a lo humano. Alguien insiste en la vieja tesis antropológica de que la inteligencia y, consecuentemente, la propia vida, dependen del tamaño del cerebro, y un oponente lo pone en duda. El debate es a propósito de un absurdo hallado en Internet en el que cierto prof americano –y de una reputada universidad, encima—trata de hacer pinitos sobre el argumento para aplicarlo a la también añeja cuestión que atribuye la presunta superioridad masculina sobre las féminas a ese factor, como si no estuviera a la vista que el creciente éxito intelectual de la mujer se está produciendo sin cambio alguno en la volumetría cerebral. Con malicia burlona propongo el caso de la hidra, ese animal diminuto que vive aferrado al fondo del estanque o enganchado al envés del nenúfar, espectacular prodigio de vida sin cerebro que no sólo es capaz de procurarse el alimento y reproducirse en plan hermafrodita, sino que ha logrado tal capacidad de regeneración celular que suele decirse que, en la práctica, es el único animal conocido cuya vida carece teóricamente de fin. ¿Será posible una auténtica vida no consciente, no será acaso imprescindible el cerebro para animar una existencia siquiera sea la de un aburrido tubular como la hidra, dotado apenas de un puñado de tentáculos y de una ventosa? Por mi parte permanezco fiel al magisterio de Farrington y arguyo que, bien miradas las cosas, esa existencia será eterna si se quiere pero no es vida ni quien tal lo pensó. De hecho, como ustedes saben de sobra, hay mucho animal por ahí que funciona divinamente –¡y hasta nos hace funcionar, si llega el caso—asistido sólo de unas pocas neuronas.

He pensado que, después de todo, no hay demasiada diferencia entre esa hidra inmortal que vive para comer y reproducirse, y cierto tipo humano que, aun teniendo cerebro, parece mantenerlo en eterno “stand by”, atento e interesado en exclusiva a sobrevivir sin mayores complicaciones. La función cerebral no basta para explicar el espíritu, quiero decir, que puede quedar reducida a una mera actividad vegetativa sin otro hálito vital que esa mera supervivencia. Mil años que durara la hidra no podría decirse que ha vivido, pero también es verdad que dista poco esa existencia elemental de la de muchos humanos. Me abruma la idea de la vida perpetua y sin otro objeto que ella misma. No sé quién dijo que la complejidad y sus problemas hacen al hombre.

1 Comentario

  1. Me extraño ante el silencio general pues la columna de hoy es inteligente y da para mucha reflexión. ¿Es vida la del ser descerebrado? No me digan que el tema no es oportuno…

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