Al cabo de medio siglo del primer alunizaje real aún se mantiene vivo el absurdo rumor de que aquella hazaña suprema no fue sino un fraude publicitario perpetrado en unos estudios cinematográficos. La idea de viajar a la Luna es, sin embargo, tan antigua como ese escepticismo terrícola con el que hubieron de bregar tantos precoces iluminados como, en el transcurso de los siglos, imaginaron el vuelo espacial. No hace mucho, un profesor andaluz, Alfonso Alcalde-Diosdado, publicaba un laborioso libro en el que recuenta por cientos los viajes imaginarios que registra la literatura mucho antes  y después de que el Luciano de Samósata publicara su “Historia verdadera” y  su “Icaromenipo”, abriendo en Occidente un género mítico que, a través de los siglos, fraguaría en los exitosos proyectos de la NASA, como en sus cuidadas ediciones de Kepler y del propio Luciano ha mostrado el latinista Francisco Socas.

A la Luna imaginaron ir, entre otros muchos y por procedimientos bien diversos, desde Dante a Kepler y desde Ariosto a Cirano antes de que esa fantasía tentara a Verne o a Poe, unos embarcados en un sueño –¡hasta sor Juana Inés!–, otros en volandas de procedimientos que fueron evolucionando desde los inspirados en motivos líricos hasta aquellos que confiaron a las aves la tracción maravillosa, fantasía finalmente apoyada en argumentos más realistas. Poco tienen que ver entre ellos, ciertamente, si emparejamos a jesuitas “ilustrados” como Riccioli o nuestro Hervás y Panduro con el Voltaire de “Micromegas”, o a imaginativos fantásticos como Torres Villarroel con el autor que imaginó el vuelo del barón Munchausen, por no recordar, cada cual en su propia clave, al divino Dante o a visionarios como Kircher o el abate Marchena. Todos y cada uno de ellos auguraban un futuro que el propio Feijoo admitiría como hipótesis –con selenitas incluidos– en el “seno de la posibilidad”.

Resulta asombrosa, contemplada de cerca, esa legión de “lunáticos” que entrevieron como posible el gran salto a un  satélite como el nuestro que, no lo olvidemos, apenas era visible antes de que Galileo o Herschel aviaran sus telescopios, pero sobre el hecho de que, varios siglos antes que Armstrong, paseara su gentil figura por el desierto lunar el paladín Astolfo en compañía del apóstol Juan. Admirable resulta, sin duda, el prodigio intuitivo de Verne que adelanta ya la visión de un Von Braun o las intuiciones de observadores tan distintos entre sí como el padre Boscovich, Hevelio, Dumas o Wells. La Luna estuvo siempre cerca en la imaginación humana y no se debería olvidar lo que esa auténtica obsesión ha contribuido -y no solamente en materia tecnológica– al progreso de una especie en la que aún resisten enrocados unos negacionistas realmente cómicos.

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