Siendo verdad que mucho prosista no procede ni cultiva la poesía, lo es también que, con frecuencia, un buen prosista procede del verso. Se lo escuché a Umbral hace muchos años –dominando una tertulia ocasional en los madrileños veladores de Santa Bárbara– y, ciertamente, él mismo es un buen ejemplo de escritor cuya prosa, a veces sin solución de continuidad, deriva de la poesía leída largamente y con entusiasmo. No hay más que pensar en Juan Ramón, un prosista excelso, aunque él considerara sus prosas como accidentales o poco menos, o en el propio Cervantes. La recitación o la escritura poética deben de ser, seguramente, el origen de todo este negocio de las letras, que tan cerca queda de la imaginación mítica, no sólo en Occidente, sino un poco por todas partes. Los etnógrafos de principios del siglo XX aprendieron de las narraciones que había dado de sí el llamado “pensamiento salvaje”, recitaciones que parecían relatos o al revés, que es lo mismo, en definitiva, que debió ocurrir con los aedos ante sus respectivos auditorios. Cierto que la poesía, cuando es profunda y no retórica, es capaz de sintetizar, exponiéndolo en ráfagas intuitivas, más de lo que pueda lograr el prosista más buido, y también que apenas es posible dar con una buena prosa que no esconda su almendra lírica, su alma en su almario. Pepe Hierro escribía en prosa divinamente, como saben sus lectores, lo mismo que Valente o Claudio Rodríguez que también me lo certificó un día, refugiados de la lluvia en un portal acogedor, poniéndome de ejemplo a don Jorge Guillén.

Cuando el trato con las letras es ya largo y familiar, se acaba descubriendo que el poeta y el prosista comparten un origen común y en modo alguno, como se cree vulgarmente, son dos especies distintas. Cuando se ha traducido a Homero en endecasílabo castellano no se ha logrado mayor elevación lírica que cuando la versión se ha atenido a una ordenada traslación del texto del griego al cristiano. El mundo del escritor está edificado con sutiles piedras que son siempre “ideas estéticas”, como decía don Marcelino, y que no pierden su idealidad ni siquiera cuando se trata de prosificarlas. Hay mucha poesía en los adustos renglones de Conrad y de tantos otros que crecieron escuchando atentos las leyendas o mirándose en la Biblia. Luis Rosales le dijo una vez a cierto prosista descontento con su estilo, que leyera más poesía. A él, que tuvo una prosa espléndida, no había que decírselo.

3 Comentarios

  1. Descienda a este mundanal coso, querido ja, porque está visto que la elucubración sobre la cultura intriga menos en este país que cualquier otra materia. Personalmente creo haberle entendido muy bien.

  2. ¡Homero en endecasílabos! Qué lejos tantas veces el versificador del poeta. Incluso con pie forzado, que para eso hoy abundan en internet los diccionarios de rimas. Por no hablar de esa aberración a la que llaman rap.

  3. Comparto la idea: el buen prosista tiene que tener su íntima lírica, empezar por descubrir que toda escritura, hasta la más prosaica, consiste en un tropo. El personaje de Molière no sabía que hablaba en prosa. Muchos prosista no saben que los mueve el verso.

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