Lo son esas chabolas que proliferan por el paisaje, especialmente los asentamientos de esos  trabajadores inmigrantes inexplicable pero realmente imprescindibles para la agricultura andaluza. El de Lepe –varias hectáreas, 400 personas, 900 infraviviendas— acaba de arder, una vez más, hasta quedar arrasado. Cerrar los ojos implica una grave responsabilidad no sólo de las autoridades sino también de los patronos que se benefician de esa mano de obra sin la cual no sería posible el florecimiento de las empresas explotadoras. Se podrá disimular políticamente el misterio que supone la necesidad de esos auténticos esclavos en un país con tan altas tasas de paro. Lo que no tiene un pase es el maltrato inhumano que reciben que reciben a cambio de su valiosa contribución.

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