Solemos tener mala memoria. A ver quién se acuerda ya, por ejemplo, del infierno yugoeslavo de los años 90, de las matanzas de Sarajevo, de Sbrenica, de las perpetradas en Croacia. De los millares de víctimas masacradas por los serbios, que incluso recurrieron al inimaginable recurso –tras proceder con método a una limpieza étnica que afectó a los varones entre 15 y 65 años–  de preñar a las mujeres musulmanas como suprema venganza. Ni siquiera del bombardeo de Belgrado que puso fin a aquella odisea cuando ya el país era una escombrera física y moral. Los verdugos han ido cayendo uno a uno al cabo del tiempo: en 2006 Milosevic, en 2008 el psiquiatra Karadzi, ahora, en 2011 el temible Mladic, para dar juego a un Tribunal Penal Internacional que trabaja hace años con las manos medio atadas. Tenemos mala memoria, y no cabe duda de que eso constituye una ventaja para los malvados, sean estos los matarifes implacables que asolaron aquel país o sus cómplices políticos de las grandes potencias. En el caso de la matanza bosnia, Mladic operó convencido por los hechos de que esas grandes potencias –dirigidas, sobre todo, por los EEUU y Francia— le garantizaban de hecho la impunidad que, por cierto, le había sido prometida en su día a Karadzic por no hablar del Milosevic al que Occidente se empeñó en considerar su aliado y convirtió en su baza. Hay que decirlo con claridad: la carnicería perpetrada por los serbios fue consentida primero y luego ocultada por los poderes del llamado “mundo libre”. La ONU –aquel Butros Ghali que no se enteraba de lo que no quería—estuvo conforme con las estrategias permisivas de las tropas destacadas en el país. Clinton y Chirac dejaron hacer mirando para otro lado.

Pero hay más. Las fotos en vivo de las matanzas vía satélite o captadas por aviones espías se perdieron entre la CIA y el Pentágono. Los oficiales holandeses testigos del desastre de Sbrenica llegaron a decir que Mladic era “un gran estratega”, y los británicos dieron por buena su actuación en aquel julio siniestro. ¿Qué decir de un papa que había precipitado el conflicto al bendecir la causa croata y luego calló mientras pudo? Milosevic fue siempre el hombre de la Casa Blanca y del Elíseo, y locos sádicos como Karadzic o bestias como Mladic, aprovecharon la ocasión. ¿Quién puede decir, en consecuencia, que la culpa es exclusiva de los asesinos serbios? Pues cualquiera, porque tenemos mala memoria y a ver quién se orienta, a estas alturas, en aquel laberinto lejano. Mladic –hoy una sombra de lo que era—apenas será un fantasma ante el TPI. Esta es la segunda derrota de aquellas víctimas consentidas.

4 Comentarios

  1. Un buen punto de vista, sin duda más incómodo que el que aconsejaría la “corrección política”, pero ya conocemos a nuestro amigo. El gran crimen de Yugoeslavia no puede explicarse sólo como resultado de los impulsos criminales de unops cuantos exaltados. Lleva mucha razón jagm cuando apunta a la complicidad de Occidente que, desgraciadamente, ha pasado casi inadvertida hasta terminar por olvidarse.

  2. Llaga tarde, amigo. El mismo Mladic le ha dicho a sus captores que no sabe por qué lo persiguen los mismos que protegieron a Milosevich. Pero hace bien en aclarar las cosas porque la realidad es que no se conocen ni entre gentes bien informadas.

  3. Estos criminales no pagarían a no ser que les aplicaran la misma pena que a Rudolf Hess: prisión perpetua de verdad. Y ni aún así. La enormidad de su genocidio, la maldad de sus acciones es fuera de lo imaginable, pero hay que recrodar que esa cacería no era nueva en Yugoeslavia, donde la matanza se produho ya durante la Guerra Mundial. Pero es imprescindible castigar a los salvajes a ver si el TPI consigue afianzarse y el mundo dispone algún día, al menos de una instancia en la que confiar en casos semejantes.

  4. A los crímenes mencionados en la columna hay que añadir los innumerables cometidos en África, algunos con la complicidad hasta de las fuerzas de la ONU.

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