Ha muerto Lise, la compañera de Artur London, aquel inefable checo rodado por medio mundo, al que, tras la  Guerra española, la Mundial y el campo de concentración, hicieron subsecretario de Exteriores en su país para luego destituirle, detenerlo y torturarlo en prisión hasta forzar “La Confesión”, un bestseller de los 60 que, guionado por Semprún, llevó al cine Costa Gavras. Artur tenía los ojos de un indefinible azul turquesa y una manos grandes con las que gesticulaba expresivamente, sin perder nunca la calma, cuando rememoraba para nosotros los tiempos difíciles, los avatares del suplicio, la confesión misma y el abandono de Lise cuando lo creyó traidor, el reencuentro y la reconciliación, y tantas y tantas aventuras vividas a compás hasta dar en el exilio parisino y en la que él llamaba con sorna la “rutina de la democracia”. Venía a Madrid, a casa de Arnoldo Liberman, resistía el acoso de nuestra veneranda curiosidad  en la de Félix y Paca Aguirre, en su pisito de París o en el Café de Flore, en medio de aquella suerte de primavera truncada en la que floreció malamente el “eurocomunismo”. Si Artur era la nobleza terciada de resignación, la memoria sin resentimiento, la crítica discreta, Lise era dura y gastaba la fe del carbonero, escarmentada del viejo engaño pero con la esperanza intacta, firme como la muchacha que la Gestapo encerrara en la prisión de la Santé y los comunistas engañaran luego de manera tan vil.

Ahora leo el obituario que le hace Carrillo a Lise –historia de una amistad contada a trazos largos– una vez descubierto por él que, en los años 40-50, “la represión estalinista se extendió en las democracias populares y se ejecutó a un buen número de dirigentes”, desengaño que le enseñó –es lo que dice ahora, al menos— a “ no creer lo que no viera con mis ojos y tocaran mis manos”, como si él fuera ajeno a aquella tragedia, como si cuando a London lo plancharon en Praga hasta destruirlo él no figurara en la implacable nomenklatura y nada tuviera que ver con la vieja ventolera. London conoció la desconfianza y la entendía, encontraba inevitables las dudas residuales de Blas de Otero, de Celaya, incluso de muchos jóvenes de entonces turbados por la confusión y las propagandas, incapaces de desprendernos del todo de la conciencia disciplinaria y de los rigores del dogma. Yo hasta le pedí perdón, mucho más tarde, pero él se limitó a sonreír bondadoso, como bautizándonos con el reflejo lustral de su mirada clara, casi turquesa, y una leve sombra de piedad encajada en su sonrisa perenne. Recuerdo que ni me contestó.

4 Comentarios

  1. DEbe recurrir más a estas memorias suyas, tan estupendas, que nos dicen mucho más que cualquier parrafada. Su recuerdo de Loindon y su sinceridda me conmueven, se lo digo de verdad, porque no suele haber mucho piblicitsa a estas alturas que reconozca sus errores pasados y lo haga con contenido dolor. Como usted.

  2. Gracias por recordar a aquel fenómeno, un hombre bueno hasta dejarlo de sobra. No sabe lo se lo agrecedimnos esta mañana un grupom nde “VIEJOS” REUNDIOS PARA LEER SU EMOCIONANTE BCOLUMNA. ¡QUE SUERTE LA DE USTED Y SU BIOGRAFÍA!

  3. Tambiñen yo, como sabes, conocí al matrimonio, y bsuscribo todo lo que dices. Sobre todo la pulla merecida que le aplicas a Carrillo, ese camaleón superviviente. El caso London resultó letal para la propaganda del “socialismo real”. Tanto que incluso, como reconoces, muchos llegamos a dudar de él, que fue un héroe.

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