En el Parlamento Navarro, alguien descuelga sin mayor ceremonia el retrato del Rey emérito mientras desde la Babilonia americana nos llega el revoltoso aluvión de imágenes de defenestradores del almirante Colón sentenciado sin juicio previo como explotador  e incluso como genocida. ¡Y qué más pruebas quieren si la cabecilla podemita andaluza ya ha dictaminado –en su inimitable y plebeya prosodia— que él, como tantos otros, se merecen ese desprecio por haberse “enriquecío” a costa de la inocencia indígena! En Boston la turba, imitando a los vengadores de Sadam Hussein o a los demoledores de efigies de Lenin, han decapitado al pobre Ponce de León (¡el que buscaba en vano por aquellos andurriales la fuente de la eterna juventud!),  y cosas por el estilo se han visto en Richmond, en Miami o en Saint-Paul, dando lugar a que en Nueva York haya sido preciso proteger la estatua del Descubridor como en Londres la que, junto a Westminster, recuerda a Churchill .

Desde la Antigüedad ha practicado el hombre esa “damnatio memoriae” que es el olvido impuesto al poderoso caído, siempre a toro pasado, por los vengadores tardíos. En Egipto, siguiendo un uso presente desde la primera dinastía, los sacerdotes de Amón picaron concienzudamente en la piedra la imagen del faraón monoteísta lo mismo que en la URSS se borró del cuadro a Troski y se silenció a Bujarin o Zinoviev. Muerto Perón, en Argentina se prohibió incluso nombrarlo reproduciendo en plan gaucho el gesto romano de acallar –“post mortem”, se entiende–  a los emperadores, una broma si se compara con la escabechina veneciana contra el dogo Falieri y sus esbirros.

Claro que lo del cuadro navarro es otra cosa, porque no se trata sólo de una sanción al monarca presuntamente corrupto, sino que, aparte de regocijar a los tardo-etarras de Bildu, el PSOE local no hace más que integrarse en la vasta operación gubernamental para consumar la leyenda antimonárquica, inexcusable prerrequisito para posteriores acciones dirigidas a romper con la Constitución y el modelo social  vigentes. Si antier mismo la estrategia de Sánchez, ayudado esta vez por las derechas, ayudaba a impedir (¿o demorar?) la inmolación política de Juan Carlos, no lo hacía más que para desdramatizar su objetivo último que no es él, sino Felipe VI, es decir, la institución.

Primero fue el ectoplasma de Franco, luego la monarquía, es decir, la Constitution: no es otro el propósito de este Gobierno que, mantenido por los antisistema, ha hecho de la iconclastia su casi único logro. La ralea de Zapatero está convirtiendo la “memoria histórica” en el barrizal a que recurren los maletas para reventar el partido.

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