Nadie ha leído todavía por aquí la novela en que Sharon Dogar recrea el mundo de Anna Frank aplicando el foco morboso a la presunta relación sexual de la desdichada adolescente con su famoso compañero de escondite, aquel Peter junto al que ella, vagamente enamorada, cuenta que se sentaba en silencio en su desván “a contemplar el cielo azul”. Su solo anuncio ha provocado reacciones muy diversas, desde las que defienden al derecho narrativo a imaginar libremente la desgarradora experiencia vivida por una Ana de carne y hueso, hasta quienes reniegan –me temo que en vano—frente a lo que consideran una vidriosa explotación de aquella tragedia al exhibir circunstancias imaginarias o censuradas en su día por el padre de la víctima. Supongo, por otra parte, que, para los lectores de mi generación, el sexo explícito ha de resultar no poco extraño a una historia sagrada que ni siquiera la sugerente imagen de Millie Perkins en la famosa película que, en los amenes de los 50, Audrey Hepburn no se atrevió a vivir, sobrepasaba el nivel de un platonismo circunstancial si acaso picado aquí y allá por las agujas de un deseo emergente en pugna con los prejuicios morales. ¿Hubo algo más que palabras y pulsiones románticas entre los dos jóvenes escondidos de la Gestapo, merece la pena descender por debajo del delicado clima que revela el Diario añadiendo unas escenas escabrosas que seguramente contribuirán al negocio de las ventas pero sólo en razón de la rijosa curiosidad del público? Francamente, para quienes leímos con unción esa crónica de la desdicha que acabaría nada menos que en los campos de concentración nazis, este pretendido realismo no deja de resultar gratuito y, en cierto modo, profanador, no porque el sexo posible, tal vez probable, en aquellas circunstancias (ni en ninguna otra, en principio) tuviera algo de reprobable sino por algo tan elemental como es el respeto a la desgracia supina. La Anna Frank que yo leí antes de cumplir los 20 años podía resultarme –ya entonces—acaso un punto romántica y pajarera. Pero palabra que un par de achuchones no van a redimirla, aunque puede que sí a banalizarla.

 

He usado a propósito la palabra de Hannah Arendt, banalizar, porque eso es lo que me parece que supone añadir mondongo al guiso viudo pero emocionante que hervía en aquel puchero conmovedor. En literatura desteto la casquería. Y en cualquier situación reclamo el máximo respeto por unos humillados que sufrieron demasiado para que ahora vengan cualquier mercachifle a hurgarles en los menudillos. Aparte de que, a veces, los mitos son intocables. Y en la Europa de postguerra, el de Anna Frank jugó un papel que no merece acabar en la serie X.

2 Comentarios

  1. Aunque no tengo las mismas razones que usted de respetar al personaje y la historia, tiene usted totalmente razón: el procedimiento me parece bajo y mercantil.
    Un beso a todos.

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