En el parisino Hôtel National des Invalides acaba de inaugurarse una interesante exposición sobre lo que ocurrió en la URSS hace 20 años, aquel terremoto de la “glasnost” y la “perestroika” que, visto y no visto, echó abajo un régimen que se creía berroqueño y no era, como pudo verse, más que una de tantas fantasmagorías del Poder como en el mundo han sido. Al principio del principio, esto es, cuando todavía Gorbachov apuntaba sin decidirse a disparar –era el secretario general del PCUS, no se olvide–, quienes íbamos por San Petersburgo, entonces Leningrado, y veíamos allá al fondo de la inmensa plaza, junto al Palacio de Invierno, el famoso anuncio de Coca-Cola, comprendíamos, cada cual con su humor particular, que aquel símbolo universal, en medio de la galaxia comunista, anunciaba algo más que un refresco. Pero cuando el encopetado maître del Hotel Rossia pasaba por las mesas, entre una muchedumbre de militantes cargados de medallas, revendiendo latas de caviar, hasta los más recalcitrantes tenían que reconocer que el inmenso edificio soviético era ya un bululú que podía echar abajo cualquier empellón. Y así fue, sobre todo desde aquel agosto del 91 en que Yeltsin se subió medio briago a un tanque para guardar las formas  y reconvertir aquel descarado  putsch en un movimiento supuestamente popular que no dudó en cañonear la Duma, hasta llegar a este presente tenso en el que la astucia de Putin ha reinventado una suerte de turno canovista con su socio Medvédev. Ni que decir tiene que cuando hemos vuelto por aquellos lares apenas queda en pie del viejo entramado una sombra furtiva. El KGB ha sido la escuela de los nuevos traficantes y el pueblo sigue sacudiéndose el hambre a golpes de vodka. Lo que era una ruina de desalmados es hoy una timba de mafiosos.

Lo que hizo “Gorbi”  mientras fue popular fue abrir el espacio público, quitarle el tapabocas a la gente y permitir que el pueblo soberano se asomara a la sentina de una corrupción terminal que todo lo invadía. Y claro, el sistema no resistió y se vino abajo en un santiamén entre simulacros democráticos y reciclajes de la nomenclatura más avisada. Lo que se expone en París esta temporada permite comprender muchas cosas pero es evidente que si una imagen vale más que mil palabras, aquellas experiencias nuestras valen por cien mil imágenes. Recuerdo una mendiga en la puerta de la catedral de Novgorod, santiguándose con la limosna. Aquella imagen me echó por tierra todo el arsenal iconográfico que llevaba acumulado, al cabo de tantos años de crédula esperanza, en mi ingenua sentimentalidad.

5 Comentarios

  1. Verdaderamente el «cambio» del soviet a las mafias no ha reusltado un salto limpio. La «nueva clase» rusa, como la china, es oligárquica y mafiosa, como sabe todo el mundo. El espectáculo de esos dos rirectores de orquesta al frenre del putinismo es de traca y ya han salido en Moscú los primeros manifestantes.

  2. No se haga ilusiones, don Rogelio, que las mafias son tan fuertes como el KGB. ¡Como que son los mismos!

  3. No había un camnio del comunismo real a la democracia real. Sencillo. Por fortuna sí lo había para pasar de la dictadura a la democracia.

  4. Quziá algunos se hicieron ilusiones vanas. Hay una línea sincera al final de la columna que lo dice todo. Y eso engrandece a quien lo escribe sin complejos.

  5. De acuerdo con la señora Madre. Reconocer sus errores, aunque sean ilusiones de juventud, engrandece al hombre.
    Besos a todos.

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