El ministro del Interior acaba de reconocer que la fuerza pública no debió disparar pelotas de gomas contra los inmigrantes ilegales que trataban de ganar a nado la tierra española. Al mismo tiempo se informa de que esa frontera está siendo remodelada en el sentido de sustituir las vallas actuales, con sus cuchillas y lo demás, por otras que no permitan el escalo, pero, entre tanto, el menudeo de entradas subrepticias ha hecho de verdad de la frontera poco menos que un coladero. Coinciden con estas novedades con los informes policiales aseguran que cien yihadistas se han desplazado desde España a Siria y que nuestro país se ha convertido  en una auténtica “base durmiente” de elementos radicales islamistas. En teoría, nada debería tener que ver la amenaza islamista con el problema general de la inmigración, pero a ver cómo eludir esa realidad, al parecer constatada, de que no pocos inmigrantes que llegan pidiendo humanamente la oportunidad del asilo resulta que no son más que agentes controlados en un vasto plan terrorista de alcance mundial. ¿Qué hacer, entonces, entornar la puerta de la frontera exponiéndonos a convertirnos en el cuartel de invierno de esa amenaza universal, o cerrarla a cal y canto como piden los radicales racistas de varios países de Europa, supuesto, en cualquier caso, irrealizable sin la ayuda decidida de la Unión Europea? El debate de la inmigración deberá tener en cuenta, se quiera o no, la dificultad de hacer compatible la actitud generosa con la amenaza más que implícita que trae de cabeza a nuestras policías. Al margen de lo que ocurra en Francia o en Suiza, donde los xenófobos ganan terreno día a día, aquí habrá que discurrir la fórmula mágica que logre superar esa incompatibilidad sin convertirnos nosotros también en xenófobos. Los lepenistas tendrán el argumento servido, vale, pero hay que reconocer que el propio radicalismo se encarga de cargarle las escopetas.

 

El adecuado control de esas tensiones va a constituir el problema por excelencia de los años próximos, en el mejor de los casos, pues resulta obvio que en cualquier momento, con los conflictos en juego o los que puedan surgir, forzarán a nuevos y cada vez más rigurosos controles. En los años 60 los servicios europeos de inmigración negaban la entrada en sus países tan sólo por detectar caries en el inmigrante. Tras el 110-S y el 11-M, en nuestros fielatos se juegan riesgos mucho más graves.

4 Comentarios

  1. Es serio el problema. Pero si queremos vivir en un estado de libertad -relativa, pero buee- hay que afrontar no pocos riesgos.

    Que van a surgir, mejor tarde que pronto, partidos que enarbolen la xenofobia y postulen auténticas líneas Maginot defensivas creo que va a ser inevitable. Ya los hay en países escandinavos nada menos, en la pacífica Suiza, en Italia, en Francia…

    Pero parodiando a Felipe, ‘es preferible morir de un navajazo en el metro’… de Madrid o Sevilla, que vivir en un estado hermético sin libertades.

  2. Quizás una manera de dejar la puerta abierta pero no de par en par sea seleccionar en función del trabajo: se entra con un contrato firmado y porque se necesitan estos o aquellos profesionales. Pero ni en Francia ni en España se va en esta direccion.
    Besos a todos.

  3. No es un consuelo pero Europa va a pagar cara esta indiferencia. Hay que buscar soluciones al problema de los éxodos masivos hacia el mundo desarrollado pero si se produce sin orden esa invasión vamos todos listos. Empezando por los «invasores», los más desgraciados y con menos recursos defensivos.

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