No puedo reprimir esa tremenda expresión ante la muerte del general Odlanier Mena. Fue jefe de la “Inteligencia” de Pinochet y aunque enemigo del tenebroso Contreras, mandó la “caravana de la muerte”, aquel somatén milico que liquidó atrozmente a tantos chilenos. Se ha suicidado en su casa, de un disparo, aprovechando un permiso de fin de semana y, al parecer, cuando conoció la noticia de que el Gobierno había decidido cerrar la cárcel dorada en que cobija a sus criminales de fuste. Mi amigo Albiac diría, posiblemente, eso de que lo suyo hubiera sido meterle ocho tiros en la barriga. Yo no parto esas peras, pero no logro encontrar la menor piedad fuera de la que pueda inspirarme cualquier muerte. ¿No habíamos quedado en que quién a hierro mata a hierro muere? Este asesino casi nonagenario no estaba arrepentido de unos crímenes que se limitaba a negar o a atribuírselos a otro milico, y sostenía, ya muy al final, que en todas las revoluciones ha habido crímenes contra la Humanidad y que la paz no llegaría nunca. A lo que no estaba dispuesto era a compartir penas con los presos corrientes, a renunciar al privilegio que allí –un poco como aquí—el Poder concede casi siempre a los altos delincuentes. Un tiro y a otra cosa, pues. Uno menos, qué quieren que les diga.

 

He escuchado en la prensa chilena aplausos a la medida del Gobierno que ha provocado el suicidio de Mena: no es justo proteger a quienes han cometido crímenes contra la Humanidad ofreciéndoles condiciones de vida privilegiadas. Y llevan razón, por más que se nos venga a la cabeza que un tipo como Kissinger viva su privilegiada vejez acariciando el premio Nobel de la Paz, a pesar de haber sido el primo de Zumosol de los golpistas chilenos. ¿Dónde no se han paseado libres y acaso felices los malvados que, por unas ideas u otras, han pisoteado al hombre sin el menor remordimiento? En España, para empezar, en la Alemania ciega y sorda que sostuvo a Hitler, en China, en Túnez, en Argentina… Los verdugos como Mena están en todas partes y, salvo excepciones rarísimas, suelen morir en su cama. Por eso incluso un humanista tan cumplido como Albiac recurre a la metáfora de los tiros a la barriga, como en el apócrifo atribuido a Azaña. Revuelvo mi conciencia e, insisto, no hallo rastro de piedad más allá de la que cualquiera siente por la muerte ajena. Uno menos. Mena no ha hecho más que ejecutar por su mano la sentencia que merecía.

7 Comentarios

  1. No olvidemos la frase que en su día creo, se dijo referida al ‘Carapiña’ panameño: “Es un h. de p. pero es nuestro hdp.”

    No sé si los Nobel se retiran, como parece ser que a un equipo de paralímpicos españoles le han retirado el oro, pero esto de premiar con según qué lauros a gente con mucha vida por delante tiene estas cosas.

    Ando con el libro de Grimaldos ‘La CIA en España’ y me maravillo de lo que cuenta. Igual se podría escribir una ‘biblia’ con las andanzas de K. en el mundo. Y luego darle con el Nobel en la cresta.

  2. Tienta la manera de hablar de Albiac pero me parece más razonable la empleada hoy por su amigo jagm aquí. Esos miserables, asesinos atroces, no merecen otro respeto que el genérico debido a todo ser humano. Por lo demás, son basura.

  3. Nunca se hace Justicia en estos casos. Ni se hizo aquí en España, ni se hizo en Argentina, ni se hizo en Francia… Juzgar a una Dictadura es siempre difícil, entre otras cosas, no lo olvidemos, porque no hay Dictadura sin un considerable apoyo popular. Intereses creados, siempre, miedo, también.

  4. No me gusta el título elegido por don ja, pero lo comprendo. A mi modo de ver es necesario que los delincuentes de Estado paguen sus culpas –como acaba de ocurrirle a uno africano– con todo rigor. Sin ello nunca se eliminará la tentación de totalitaria que los seres humanos, como nuestros ancestros simios, llevamos en los genes.

  5. Este pájaro y el tal Contreras fueron la encarnación de la vesania y casi el gusto por la crueldad. Lo de la cárcel para VIPs merecería comentario aparte. Allí y aquí.

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