A primeros de enero un nuevo país europeo, Estonia, ha pasado a formar parte del club del euro. Un debut que no deja de resultar paradójico a la vista de cómo crece en Alemania y donde no es Alemania la desconfianza frente a esa moneda única, y en qué medida se encrespa el debate en torno al destino de los fondos comunitarios. El pequeño país báltico (menos del millón y medio de habitantes) llega, no obstante, con buen pie a la cita, una vez cumplidas holgadamente las exigencias de Bruselas a pesar de la debacle sufrida en los últimos tiempos de fuerte recesión, en especial por la reacción de sus exportaciones, hasta el punto de que se le augura un crecimiento del PIB estimado entre el 2’5 y el 4’5 por ciento en el próximo ejercicio. La llegada del euro no cuenta con una acogida unánime, de todas formas, no sólo porque –con razón, como los demás sabemos—los ciudadanos recelan un subidón de los precios, sino porque el nacionalismo latente ha dejado en muchos ciudadanos la añoranza  de las viejas coronas sustituidas a comienzos de los 90 por el rublo ruso. Se dice que Estonia es hoy el país más ordenado y probo de la Unión pero también, probablemente, el más pobre, tras el impacto del durísimo ajuste provocado por una implacable cura de austeridad que se estima alcanzaría un 9 por ciento del PIB, en un país con un 14 por ciento de paro, una cifra, por otras parte, que ya quieran para sí otros socios europeos ciertamente mejor pertrechados para esta batalla. Hay muchas dudas sobre el éxito de la nueva incorporación, en todo caso, dentro y fuera de las fronteras, y más sobre la virtualidad de un modelo expansivo cuya filosofía puede que resulte difícilmente discutible pero cuya praxis no deja de aumentar los problemas reales del espacio común. Lo que nació para pocos va por diecisiete y eso no sería lógico que resultara gratuito. Lo que está por ver es si este ejercicio de cohesión merece la pena y es viable como única baza frente a un futuro más que incierto. Sólo el tiempo dirá.

 

Y sí que lo es, porque la idea de Europa que se ha materializado en la práctica impone la incorporación de todos los aspirantes con título bastante a ese proyecto de futuro, sin que sea imaginable siquiera dejar fuera a ninguno de ellos a no ser que sus cifras macroeconómicas exijan lo contrario. El último país, el más minúsculo, llega con los deberes hechos y la escopeta del recelo cargada y amartillada, pero ése es su derecho y el nuestro. La unidad disimulará lo demás, una vez en funcionamiento ese proyecto común para el que no hay miembros grandes ni pequeños sino aspirantes a participar en el proyecto común.

2 Comentarios

  1. Suerte que tienen los Estonianos….o que tenían…. Sólo desearles que les dure por muchos años….

    Me gusta su segundo párrafo: tan generoso y tan certero.
    Un beso a todos.

  2. El problema est´ña en saber si el sistema euro podrá sobrevivir a tanto abuso. No sólo se trata de que la UE se haya hiperdimensionado, sino de las políticas económicas que se hacen a la sombra de la unidad de la moneda.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.