Muchos de ustedes recordarán diez, veinte, cincuenta casos desesperados que debieron tragar con la lentitud del procedimiento de indulto. Otros tantos, quizá más, tendrán aún en la memoria la vertiginosa rapidez con que –lo mismo los gobiernos del PSOE que los del PP–  resolvieron situaciones que afectaban a personajes conspicuos. Lo que acaba de hacer el Gobierno es más nuevo: indultar en una semana a un alcalde de su propio partido, el de Carboneras, condenado por el Tribunal Supremo por un delito electoral, ni que decir tiene que para posibilitar que repita en las próximas municipales. Sin arrepentimiento, sin excusas siquiera, a pesar de una intolerable resistencia a cumplir la sentencia: sólo con el carné en la boca. Una decisión que evidencia el nulo respeto del Gobierno por la Justicia y su desaprensiva indiferencia ante una opinión pública que no podrá entender cómo es posible que se indulte a un reo de delito electoral para que repita como elegible. Los ha habido peores, qué duda cabe, pero éste es posiblemente el sartenazo más indecente propinado por el Gobierno a la momia de Montesquieu.

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