En estas misma páginas he leído hace días que un genetista italiano, Edoardo Boncinelli, responsable de un laboratorio de biología molecular en Milán, anda manejando la expectativa de que las técnicas de regeneración de tejidos permitirán, al fin, prolongar la vida humana hasta los 200 o 300 años, puesto que, según él, los genes que primero serán manipulado serán aquellos que regulan la longevidad del organismo. Viene esa apreciación en línea con la que no hace tanto lanzaba la biogerontóloga Aubrey de Grey, firme convencida de que la expectativa de vida no tiene por qué no aspirar a los 120 años como poco y, eventualmente, alargarse hasta los quinientos y hasta los mil, una teoría que –en el mismo congreso en que fue presentada– recibió el apoyo de otros sabios pero también la descalificación de alguno, como Robert Miller, que la calificó como pura fantasía, hasta León Kass, experto de la universidad de Chicago, que avisaba del riesgo que supondría arriesgarse con ello a reproducir la tragedia de ‘Dorian Grey’. Las cronologías bíblicas sobre la edad de los patriarcas deben responder hoy demasiadas preguntas a la ciencia actual, en especial desde que se ha afirmado la idea de que con esas longevidades de lo que se trataba era de mostrar la decadencia progresiva de la Humanidad desde sus orígenes paradisíacos hasta este presente tenso y desacralizado. Es posible, sin embargo, aceptar en principio los vaticinios de los biólogos y pensar en un alargamiento de la existencia que se trataría de conseguir en términos aceptables para la autosatisfacción y no en un modelo consuntivo como el que refleja el relato de Borges sobre los inmortales. El animal más viejo conocido y homologado por la ciencia es, hasta ahora, al parecer, una humilde almeja descubierta en Islandia por personal de la universidad galesa de Banger y que tendría 400 años encima, pero nada más dudoso, a estas alturas, que los cuasimilenios de Adán, Matusalem y Enoc.

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El biólogo Ginés Morata, premio ‘Príncipe de Asturias’, nos confesó, en una de las Charlas onubenses de El Mundo, su aprensión ante la perspectiva de una longevidad excesiva que arrastraría inevitablemente a los actuales sistemas de prevención y seguridad social, un argumento en el que no está solo, sino que comparten muchos sociólogos que se han asomado temerosos al laboratorio, inquietos ante sus progresos. No es, sin embargo, a mi entender, ese riesgo económico –que podría ser conjurado por cualquier hallazgo providencial—la mayor objeción que puede levantarse frente al objetivo científico de prolongar la vida, sino el hecho de que una vida sin límite o con límites tan alejados, daría paso a otra distinta por completo en su dimensión psíquica, en su problemática organizativa y en su propia visión moral. La vida que conocemos –la única real—implica la muerte como la de todas las especies existentes, y por esa razón las civilizaciones han contado con ella como con algo efímero y no como un fenómeno sempiterno que, sencillamente, “deshumanizaría” la que hoy conocemos para dar paso a una utopía de inconcebible resolución. No sería propiamente ‘humano’ un ser de quinientos años, o al menos, no lo sería en los términos en que hoy concebimos la humanidad –razón por la cual esos buscadores de supervivencia se dan a sí mismos el nombre de “transhumanistas”—aparte de que rompería la unidad y la lógica de lo viviente, como diría François Jacob. Borges describió una odisea maléfica en torno a unos inmortales que degeneraban sin fin conservando un hálito de vida. Hoy se promete una inmortalidad eventual compatible con la conservación de las facultades físicas y mentales. No creo que pueda imaginarse una fábula más consoladora y al mismo tiempo más destructiva.

5 Comentarios

  1. …….”sino el hecho de que una vida sin límite o con límites tan alejados, daría paso a otra distinta por completo en su dimensión psíquica, en su problemática organizativa y en su propia visión moral.”

    Toda Ciencia que no tenga en cuenta esta premisa que describes, no será una Ciencia humanista.

    Felices fiestas a la parroquia.

  2. ¿De qué le sirve al aprendiz de brujo una esperanza de vida de 500 años si no puede garantizar la habitabilidad de su planeta ni siquiera por cien?
    Le valdrá para tener una entrada de primera fila para presenciar la catástrofe.
    Será como presenciar el derrumbe del Perito Moreno pero estando sentado encima.

    Felicidades a todos.

  3. Yo que vivo ya la longevidad he leíudo con avidez esta columna inteligente como pocas. En efecto, vida y muerte son dos dimensiones del ser como espacio y tiempo lo son de la materia. Vivmos una era de deslumbrados imaginativos y eso está muy bien, pero entraña no pocos peligros si no se controlan elllos mismos.
    La Paz de la Navidad sea con vosotros.

  4. Tristes evidencias, pero certeras como flechas. Hemos de integrra la muerte en nuestro concepto de vida. Si fracasamos en el intento, no nos quedará esperanza alguna. Si lo logramos –sin trampas– un panorama espléndido se abre ante nosotros. Lo que no conviene es correr, llevar prisa en la reflexión, y en este tiempo los científicos pecan de esas dos faltas.

  5. longevidad para vivir bien y disfrutar o para trabajar toda la vida? o se declararia una guerra mundial o la poblacion se amontonaria como plagas. un saludo don jose antonio

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