No es la primera de ese género que vemos, desde luego. En las guerras abundan estas impúdicas exhibiciones de barbarie, en ocasiones capturadas por el objetivo indiscreto. Cuando el conflicto de Vietnam vimos en un reportaje a un grupo soldadesco celebrando un banquete con el hígado aderezado del soldado enemigo. Y desde Camboya nos llegaron más de una vez fotografías de soldados exhibiendo como trofeos, una en cada mano, las cabezas de los vencidos. La última, por el momento, nos llega desde Gambia y muestra a un salvaje militarizado mostrando con naturalidad como trofeos el sexo cercenado y una mano de su víctima. Son hechos que responden al simbolismo menor que inerva las guerras hasta convertirlas en salvajes con esas ocurrencias de furrieles y cabos que, por descontado, actúan convencidos de su impunidad y hasta cabe preguntarse si acaso también respaldados por su pseudomoral. Mostrar los atributos del vencido, más allá del ultraje y la profanación, revelan la maldad intrínseca de la violencia organizada tal como la entrevió Hannah Arendt, del mismo modo que merendarse el cuerpo rival no deja de sugerir cierta ominosa ritualidad que supera con mucho la ferocidad de la bestias. Y lo estremecedor, lo que nos abisma en la depresión, es la idea más que probable de que las potencias “civilizadas” no harán nada para sancionar esa bestialidad si es que, vistas malas y no buenas, no retiran sus tropas pacificadoras del escenario como ya ocurriera cuando el genocidio tutsi. En su día se dio por cierto y probado que el “emperador” amigo de Giscard conservaba en su nevera las vísceras y otras suculentas partes del cuerpo de una universitaria rebelde abatida, recordado sea para por repetir ahora las tristes anécdotas de Amín Dadá.

Esos procesos que de vez en cuando vemos en el TIP, por más espectaculares que parezcan, no son más que montajes testimoniales. Acaso no cabrían en esa Corte el rastro siniestro que tras de sí dejan las guerras, todas las guerras, y por supuestos, los bandos, todos los bandos. Un soldado mostrando indiferente el sexo y la mano de un vencido es la liturgia espontánea de la violencia, la imagen elocuente del fracaso humano, ante el que los poderes efectivos del mundo –cada cual con sus intereses—se inhiben asépticamente. A los demás, a cuantos nos estremecemos ante el testimonio inhumano no nos queda más que el escalofrío, el triste desconsuelo de comprobar el alcance ilimitado de la maldad humana.

4 Comentarios

  1. De los cuatro jinetes yo afirmaría que el más feroz es el del caballo rojo. Más aún si la guerra es entre hermanos. Los que nacimos en la inmediata postguerra incivil aún recordamos cómo nos contaban las barbaridades que se cometieron. Un botón: a un encarcelado -autor por otra parte de malévola degollina- lo amarraba el carcelero a la reja. Las hermanas de una víctima acudían con agujas de punto, no hace falta decir para qué.

  2. Tremenda fotografía, vista más de una vez, en efecto, y me temo que aún será vista muchas más. Este «mono loco», como suele decir jagm, es, además, cruel, imaginativamente cruel. Don Epi se ha quedado corto con su ejemplo. Otros, por razones de edad, podríamos añadirle un montón de barbaridades. De ambos bandos, de ambos bandos.

  3. (Fuera de cntxt) Hermosísima la misa de DdRamos en el Vaticano. El papa don Francisco -que da toda la impresión de creer en lo que cree, no como otros- acude con una sencilla casulla de escasos y simples adornos y enarbolando una cruz de palo.

    Menuda bofetada sin manos a cuanta pompa y boato, dorados, sobredorados, oros y platas de los que se ufanan hoy los pavos reales, con o sin capuchón.

    A mi don Pang.: Puse el ejemplo por curioso (?) pero también conozco crueles, más crueles, muy crueles historias de aquella salvajada, que duró bastante más de los treinta y tres meses.

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