Sigo la actualidad (más bien el futuro) de la tele tratando de asomarme a la gran feria internacional de la producción televisiva que se acaba de abrir en Cannes. Escucho la voz de la mujer fuerte que dirige una de las principales multinacionales del ramo proclamar algo que ya sabíamos, como es natural, sin salir de España: que el objetivo es ganar cuanto más dinero mejor y que vayan tomando tila los críticos y los utópicos. Todos están por “le retour aux gros gains”, la vuelta a los pelotazos de otro tiempo, con absoluta indiferencia ante los medios y la más explícita voluntad de mejorar el negocio al precio que sea. Quienes siguen reclamando para la tela contenidos de nivel decoroso y enfoques instructivos, van de cráneo: entre los diez productos más vendidos de ese mercado mundial aparecen tres telenovelas venezolanas, o sea, que háganse el cuerpo a lo que viene. En USA parece, por otra parte, que vuelven los chascarrillos de alienígenas, lamentablemente cada vez más alejados de los graves modelos ficcionales de toda una época gloriosa en que la ciencia-ficción parecía que iba por delante de la real. Flores sobre al tumba reciente de Stanilaw Lem, el gran maestro, pero nada que ver con los héroes de ‘Ciberiada’, de ‘Solaris’, en este “Retorno a las estrellas” hecho de mandobles luminosos y trompicos de karatecas espaciales, ninfas enfundadas en trajes de latex y pérfidos viejos dominadores de galaxias. En USA parece que vuelve la sugestión extraterrestre, casi desaparecida tras el éxito colosal de la serie “X-Files”, y todo indica que las teles europeas reflejarán esta nueva odisea del espacio probablemente más banal que todas las anteriores pero menos acaso que las que habrán de seguirle. Se dice entre los expertos que la tele funciona por ciclos (policíacos, médicos, judiciales y demás) y lo probable es que ahora se cumpla también esa ley. Volverán los marcianos, los mutantes y las abducciones, todo ese repertorio embaucador de tan buenas perspectivas comerciales. NO saben ya que inventar, pero eso es lo de menos. El tontiloquio funciona solo una vez que se aprieta el botón del telemando.

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Hace mucho tiempo que Edgar Morin se interrogaba sobre la razón del poder de la fantasía, un poder creciente a medida que se desmadra el paradigma que la propone. ¿Por qué cree a pies juntilla en las maquinaciones más peregrinas la misma muchedumbre que se resiste a aceptar los hallazgos de la ciencia o las predicciones mejor fundadas, qué razón la mueve a conceder a aquellas un crédito, siquiera sentimental, incomparablemente más generoso que el que se digna ofrecer a las propuestas serias? Ni que decir tiene que no hay otra respuesta a esta cuestión que la propia naturaleza mítica del hombre, esa especie de incomodidad que la especie civilizada sintió siempre ante lo real absoluto como contrapunto de lo que los franceses han llamado “lo real maravilloso”. Le Goff, Baltrusaitis y tantos otros descubrieron el sustrato permanente que sostenía en vilo el imaginario medieval, “el milagro de la credulidad” que alguna vez mencionó Gastón Bachelard, el primero quizá que tuvo la audacia de llamar a las cosas por su nombre y hablar por derecho de “les revêries de la volonté”, esto es, de esas ensoñaciones de la voluntad que sujetan al hombre voluntariamente a las cadenas de la imaginación. Van a darnos marcianos por un tubo otra temporada, a lo que parece, más ‘Doctor Spock”, más “Star Trek”, más naves extraviadas entre galaxias inconcebibles y héroes especializados en abrirnos a brazo partido ese doméstico agujero negro que es la credulidad. No ha existido jamás un medio tan autodestructivo como la tele, ninguno tampoco que tuviera tanta capacidad para negociar con la basura resultante. Lo que no sabemos en si la gente seguiría la trágica odisea de “Ana Karenina” como sigue suspensa las míseras chorradas de nuestros culebrones. Y mientras el negocio vaya bien, ni falta que hace.

4 Comentarios

  1. DE todo lo que el patrón disecciona y expone con su natural agudeza, lo que más me inquieta es que la culebromanía se ensalza y entroniza en nuestras pantallas con dinerito público, ése que en esta época del año se nos hace dolorosamente patente.

    Que las privadas reparten droga barata y sucia, pues muy bien. Allá ellos que tienen como único fin una cuenta de dividendos gloriosa. Con su pan se lo coman y ojalá les produzca indigestión. Pero que en las cadenas estatales, regionales -huy, perdón- y en las espesas municipales se reparta mierda costeada por ese dinerito que se descuenta a nuestro salario, clama a los dioses.

    Anoche encendí un rato la tele y vean lo que ví: en la 1, con estampillados de la rosita, una bazofia de bailes. En la llamada Nuestra, la Suya de ellos, un culebrón, autóctono eso sí, con técnica teatral de grupo de aficionados. En la 2, por menos de un pimiento futbolístico, suprimen el noticiero. Y en hasta cuatro locales que alcanza mi antena, contínuos publirreportajes donde se apalude a las hermnanas superioras que qué buenas son, que nos llevan de excursión. Apagué el electrodoméstico y encendí la radio. A ver.

  2. Es ancho el dial, mi don Elitróforo. Escuché la crítica de un libro que me voy a comprar, el testimonio de alguien que exponía su criterio sobre la voracidad anexionista del paisito del norte para que Navarra sea vasca…cosas.

    Es fácil. Con una pequeña colección de presintonías, se hace su mijita de zapping y es raro no encontrar algo de sutancia. Como me niego por sistema a tener una tele de pago, que me haría dedicarle más tiempo del aconsejable aunque sólo fuera por amortizar el invento, me limito a decir ¡puag! las más de las veces y apagar el bicho. Ya sabe que Marx decía aquello de que la tele elevaba su cultura. Cuando la encontraba encendida se iba a la habitación de al lado y abría un libro. Don Groucho, of course.

  3. Ancho es el dial, Doña. Lo último que oigo es que el gobierno del paisito ha pedido “temporalmente” el famoso Guernica para exponerlo en el Guggenheim.

    ¿Alguien piensa que los vascos lo devolverían una vez que aparezca por allí? Estaría más seguro viajando a cualquier pueblecito de Japón o Nigeria, pongamos por caso, que viajando hacia el norte.

    Para mi incultura el famoso cuadro no tiene más valor que los chistes de cualquier viejo número de la Codorniz. A mí me da igual que lo usen como papel de envolver pero no acepto el embudo nacionalista.

    Además ¿Quién no asegura que mañana el Gobierno Holandés no nos va a pedir el cuadro de “La rendición de Breda”?

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