No sé qué estará ocurriendo en Francia cuando puedan leerse estas líneas. En este diario hemos podido seguir la compleja circunstancia francesa en las crónicas de Juan P. Quiñonero, mostrando los vaivenes de expectativa de voto que refleja la prospectiva tanto como la desmembración efectiva de esa derecha tradicional francesa (que se venía creyendo endémica), es decir, el colapso simultáneo de la tambaleante tradición gaullista y el socialismo residual, a los pies de los populismos (el de derechas y el de izquierdas), mientras fuera acabamos de leer el aviso de Antonio Elorza sobre la amenaza de una situación en la que se juega –nos jugamos—nada menos que “la destrucción de la libertad”.
He seguido esa campaña desde hace meses hasta convencerme de la honda crisis de la influencia de los intelectuales (los “intellos” famosos) –habitualmente grave y brillante en ese culto país—superviviente hoy apenas entre el desconcierto y la derrota. Es verdad que casi no reconozco a nadie ya entre la mayoría de esos “influencers”, tan distintos del elenco que brillaba hace nada más que un decenio, no sólo en aquellos años ya míticos en que reinaban Sartre y su señora con música Juliette Gréco o Ives Montand, o escuchábamos a un Foucault delirante proclamar la “revolución espiritual” que, a su entender, había iniciado el imán Jomeini. A mediados de la primera década del milenio vimos ya como podía fracasar un famoso y nutrido llamamiento lanzado por el periódico “Libération” en favor de la “izquierda primaria” u oír la defensa de Fillon en boca de un filósofo tan serio como Luc Ferry. Hoy, todo lo más, hemos de conformarnos con el ajetreado coro economista (los T. Miketti, los Gazir, los B. Hamon…) emparejados con un Jacques Attali echándole una mano desesperada a Macron, esta vez con música de fondo (no es coña, palabra) de Francoise Hardi y Johnni Hollidey.
Y lo mismo entre nosotros, por más que no creo que sea pertinente, ni social ni políticamente, la incómodaa comparación entre ambas situaciones. Un novelista a los que a algunos nos han interesado en los últimos años, como el argelino Yasmina Khadra (en realidad, Mohamed Moulesshoul), ha llegado a sostener, ni corto ni perezoso, que un triunfo del lepenismo no sería sino el camino de una guerra civil. ¿En Francia? No lo creo, teniendo en cuenta que un tipo como Lipovetski, el padre de la postmodernidad, dice ver todavía en la “esperanza blanca” de Macron “un signo de los tiempos”. ¿Ven como “hay gente pa to, como decía el torero? Sí, cómo dudarlo, hay gente “pa to”.

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