Imagino que a la mayoría de los lectores no es preciso refrescarles la memoria para referirnos a Manuel Piedrahíta, aquel corresponsal pionero que, durante años, nos informó, con sencillez y solvencia, de lo que se cocía a nuestro alrededor, contemplado desde aquella Alemania demediada pero ya influyente. Piedrahíta no ilustra hoy nuestros telediarios, retirado en su Baeza natal desde la que vigila esta corrala, a salvo del ruido y la furia, pero con los ojos bien abiertos y sin jubilar la pluma, rumiando su grave experiencia desaprovechada y dejando entrever, de vez en cuando, su crítica no poco pesimista. Aislado y libre entre sus olivares, a Piedrahíta le preocupa, sobre cualquier otro asunto, el imparable avance de la “mediatización” televisiva, el paisaje y el paisanaje de un país sumido en una ignorancia fomentada deliberadamente, sobre el que graniza sin pausa una información calculadamente integradora. Y echa de menos su televisión alemana –a la que sigue atento en su parabólica–, en su modelo de servicio público no estatal, ¡y menos regional!, frente al que aquí preferimos, en su momento, el que heredamos fraguado y bien fraguado de la dictadura franquista, es decir, el concebido como un instrumento propagandístico del Poder. ¿Por qué no nos sirven aquí telediarios serios, centrados en la competencia del protagonista y aliviado de esas imágenes que nos distraen de la palabra; por qué no establecemos de una vez una televisión nutrida por una producción propia en lugar de mantener el suculento y derrochador negocio de las producciones externas? ¿Nunca llegaremos a poseer una tele independiente del poder partidista, incluso pagando ese “canon” neutralizador del que se ha dicho que es “de derechas” pero que en Alemania aceptan tanto el SPD como la CDU?

Piedrahíta se levanta temprano en su retiro, escucha la radio, lee, escribe y recorre largas caminatas en las que no deja de reinar en sus utopías y de las que acaba sacando sermones tan estupendos (y me temo que inútiles) como el que recoge su excelente libro “TVE en la encrucijada”. Rafael de Penagos decía que en España, con la fórmula Suárez-Cebrián, habíamos conseguido alejar del gran medio a cualquiera con conocimiento de su realidad. Manuel no tiene tanta retranca como Penagos, pero sigue, dale que te pego, clamando por donde puede en contra del adocenamiento masivo y las estrategias mediáticas, sugiriendo en voz alta mejoras sin duda ingenuas y acaso también en voz baja bajo la sombra tempranera de sus olivos ahora en flor. Hay gente que no se rinde hasta la muerte sin percatarse de que quizá –como muchos de nosotros— sean ya simplemente muertos que no lo saben.

2 Comentarios

  1. Algunas veces he recordado a este profesional a quien yo también estimaba mucho cuando ejercía. Es una pena que la experiencia de estos hombres curtidos no se aproveche en busca de una tele mejor.

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