Las cuerdas de deportados rusos a Siberia, esa imagen desoladora de las paradas para reponerse con un vaso de agua caliente y deshacerse de los moribundos o los cadáveres, puede que hayan tenido que pasar sin percatarse muy cerca de uno de los mayores tesoros del mundo: el gran yacimiento del cráter de Popigaï, un lugar hasta ahora olvidado en medio de ninguna parte, obra de un gigantesco asteroide que allí se estrelló hace 35 millones de años. Los efectos de estas catastrófes nos remiten, por lo general, a la desolación del paisaje y a la extinción de la vida en su entorno, pero en este caso resulta que el efecto del accidente –al convertir las ondas de impacto el grafito del suelo herido en un emporio de minúsculos diamantes– fue la creación de la mayor reserva mundial de ese alótropo del carbono que en todo el mundo simboliza la fortuna. Se trata de una inmensa mina de diamantes industriales cuyas reservas se calculan provisionalmente en millones de veces las hasta ahora conocidas y cuya explotación inicial, que afecta solamente al 0’3 del total ha producido ya miles de millones de quilates, un tesoro inimaginable que se cree que podría revolucionar , no ya el mercado del género, que por supuesto caerá en picado, sino el actual equilibrio del progreso industrial que no cesa. La URSS mantuvo en secreto este hallazgo que sólo desde 2009 ha sido revelado con cuentagotas y que, si para el viejo régimen supuso, sin duda, una reserva estratégica, para el nuevo ha de suponer un negocio descomunal y acaso una alteración de las relaciones industriales de todo el planeta. El famoso cráter siberiano, que tanta literatura ha acarreado, guardaba como oro en paño en el mayor secreto, esa reserva de diamantes hipersólidos que dicen que podría acabar provocando otra revolución industrial.

 

Cuesta pensar en esa agresión espacial, tan manoseada por los alarmistas, sobre todo una vez que se olvida el caos inicial y el paisaje se serena reinventándose en un fulgurante panorama que, olvidado del grafito originario, se revela como un mosaico azul, gris y amarillo en cien kilómetros a la redonda. La Madre Naturaleza es una tómbola caprichosa sobre todo a la hora de asignar tesoros y el hombre, un mono loco cuya suerte y su desgracia le llega por sorpresa de lo alto cuando no la descubre bajo sus propios pies.

2 Comentarios

  1. Pobres zeks! ¡Qué ironía lo que nos cuenta hoy el maestro! Es como una parábola de la vida.
    Besos a todos.

  2. Lástima de pueblo, la Gran Patria Soviética,como solía deir, Ibarruri, que daliso de guatemala para meterse en guatepeor, en manos de esos ladrones mafiosos que se paseanm entre el humo de los popes turiferarios. Hab´ra que ver qu e efecto causa esae tesoro porbre el pubelo, aunque es seguro que tiene ya dueño entre la nueva nomenkletura cleptómana.

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