Recuerdo el saludo de mi padre a un señor corriente al que veíamos con frecuencia y que solía contestar al suyo, de modo invariable, levantando levemente su sombrero. Un día, pasados los años, le pregunté quién era aquella persona y mi padre me dijo con aire pesaroso, como quien se libera en la intimidad de una incómoda prenda: “Un verdugo”. Lo he recordado leyendo el libro estremecedor de Jonathan Littell, “Las benévolas”, procelosa crónica de las aventuras de un hombre vulgar que tuvo oportunidad, como teniente nazi, de perpetrar las más horribles crueldades durante la campaña rusa y de quien Littell extrae la lección mayúscula que explica la maldad inconcebible de esos verdugos no como resultado una singular perversidad (eso pertenecería en exclusiva a la  psicopatología)  sino como consecuencia o efecto de un Sistema en el que el ejecutor no es más que una pieza. La idea básica del libro de Littell es, en efecto, que los crímenes decididos por el Estado deben ser ejecutados por gente corriente, por personas “de lo más normal”, no solamente porque de esa manera se vuelven invisibles a la curiosidad o a la vigilancia, sino porque tal vez barbaries de semejante envergadura sobrepasarían hasta a la humanidad más degradada, de no “representar” los sayones, hacia fuera y hacia dentro, esa estudiada comedia del deber o el sermón de la “obediencia debida”. El gran acierto de Berlanga fue proponer su verdugo desde la vulgaridad más adocenada, es decir, desde la íntima entraña de la misma sociedad que se conmovería luego en su butaca, entre risas y lágrimas, viendo como un anciano atolondrado resultaba ser, forzado por la necesidad, el custodio secreto del garrote vil. Littell insiste en ese perfil insignificante del verdugo en el que ve la clave del éxito del crimen.
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La idea no es nueva, después de todo. Cuando Robert Merle escribió la escalofriante historia de Rudolf Hoess, el comandante de Auschwitz, tuvo el acierto de titularla “La mort est mon métier”, la muerte es mi oficio, mi tarea y nada más, el trabajo que me tocó hacer en una circunstancia en la que, ciertamente, no eran verdugos sólo aquellos monstruos ocasionales que regresaban a casa desde la ergástula cada tarde como quien vuelve de la oficina. En el campo de Buchenwald me mostraron alguna vez los confortables pabellones de oficiales situados junto a la cerca del campo, en los que al atardecer podía escucharse la música de Mozart y el bisbiseo de las institutrices, a través de las contraventanas cerradas a cal y canto para que no penetrara el inconfundible hedor difundido por las chimeneas del crematorio. Los verdugos eran gente corriente, como este tenientito de Littell que parece haber reabierto la conciencia europea una vez más, quiero decir, como sucesivamente la abrieron de manera efímera desde el diario de Ana Frank al apocalíptico argumentario de Hannah Arendt pasando por Giorgio Agamben o la prosa suicida del entrañable Primo Levi. Gente cuya importancia efectiva no se corresponde con la miseria de condición y sin la que tal vez, cuando llega el caso, el Leviatán que ingenuamente aceptamos con tanta benevolencia se las vería y desearía para mantenerse en pie. Por algo venía a decir De Maistre que el verdugo es la piedra angular del edificio social. Pero no imaginen esa figura desde su perfil teatral, mitificado en su insignificancia. Daniel Sueiro nos dejó un libro memorable en el que retrataba a los auténticos verdugos en su más que verosímil indigencia. Littell ve en ellos algo más y algo menos, en la medida en que demuestra hasta qué punto resultan indisociables, en la figura del ejecutor, el horror y la banalidad. Quizá no fuera posible que las cosas fueran de otra forma, es decir, como solemos imaginarlas. Habría que ser  auténticos superhombres para hacer lo que hicieron aquellos malvados y todos sabemos bien que ése no fue el caso.

27 Comentarios

  1. 10:40
    No hay que irse tan lejos para encontrar la figura del verdugo en todos sus grados y la naturalidad con que ejerce su oficio.

    ¿No eran verdugos los comisarios y policías del franquismo en sus hábiles interrogatorios? ¿No lo eran en menor medida los suboficiales y cabos de nuestro ejercito cuando “castigaban sin ira”.?

    (Se me han olvidado los GAL)

  2. El tema del verdugo, apasionante, cargado de literatura.Un pobre diablo enloquecido por su poder vicario. O un enfermo. O las dos cosas. Los de Sueiro eran de lo más “normal”:ésa es la tragedia. Y el horror.

  3. Me ha hecho pensar en akgo terrible: el cinismo cobarde del Poder, asqueroso porm prepoptente, que “delega” en el desgraciado la tarea más inhumana: q

  4. Me ha hecho pensar en akgo terrible: el cinismo cobarde del Poder, asqueroso porm prepoptente, que “delega” en el desgraciado la tarea más inhumana: q

  5. Me ha hecho pensar en akgo terrible: el cinismo cobarde del Poder, asqueroso porm prepoptente, que “delega” en el desgraciado la tarea más inhumana: quitar a otro la vida o, en su caso, martirizarle. A eso llamaba Marx la “división del trabajo”, permítame la broma.

  6. Sensible, emocionante. He pedido con urgencia el libro recomendado, porque no suelen defraudarme las recomendaciones de ja. ¡El verdugo!Muy bien visto por Berenice, un desdichado, pero también, a veces, un pervertido. Desconfíen de los verdugos que no viven de su hacha: los señoritos supliciadores. Y de los que exhiben su disfrutre: suelen ser enfermos. Tema difícil donde los haya. Leeremos lo que tenga que decirnos este Littell, agradceido una vez más a la guía de nuestro amigo.

  7. Impecable lo escrito hoy por nuestro amigo Jagm.

    Una verborrea “autodidacta”:
    Cuando los desdichados esquizoides etarras, herederos de: Heráclito, la esquizofrénica Reforma protestante, y la lectura indigesta de toda la izquierda hegeliana, se enfrenten a la cruda realidad que les espera y el Sistema “considere” eliminarlos; ó se desprenden de la alienante cultura dominante y se hacen talibanes nacionalistas y efectúan un paso definitivo a la irracionalidad, ó puede que acaben inmolándose en cada acto escénico.

  8. Es efecto, la conciencia europea se abre y cierra, se conmueve y tranquliza,quizá no pudiera ser de otra manera si pretendemos que la vida continúe. El horror de esa gyuerra y de ese genocidio hay que gritarlo desaforadamente o asumirlo en silencio, pero no parece posible enfrentarse aél con serenidad. No es verdad que a cada barbaridad que los hombres cometen suce eotra igualo peor. Las del siglo XX, a escala al menos, han sido las más terribles de la historia humana.´´Esta es la razón der que su perpetradores, de q

  9. …de que sus verdugos sean los monstruois que sabemos que fueron.También yo leeré el libro que recomienda ja sin decirlo.

  10. Mi odio para los verdugos,a pesar de que pueda ver en ellosla somnra de la patología o el espectro de la maldad pura y simple, de la degeneración. He conocido demasiados verdugos en esta vida como para olvidar que parecen “normales” efectivamente, son padres y abuelos afectuosos, tal vez tiernos. Eso es lo que me indigna más: la comedia que se cree realidad.O que no se lo cree y lo finge, me da igual.

  11. Sabemos más que nadie de verdugos, como sabés, querido ja, y bien sabés también por qué lo digo. Cuando me hablan de olvidar me siento inflamada como si me hubieran ofendido en mi centro más íntimo.

  12. Espléndida columna, ja, amigo, enérgica y tierna, implacable y delicada. Son ELLOS losmalos, no nosotros. Permítame este maniqueísmo siquiera por un día.

  13. El verdugo fue exhibido por la propaganda tosca de la antigüedad.Todavía en la R. Francesa se le utilizaba para amedrentar a los públicos que presenciaban las ejecuciones y, de paso, ¡crueldad supina!, a los reos. Pero también se ha abusado dela imagen del verdugo “obligado”, ese que pedía perdón al reo y al que, a veces, el reo entregaba una moneda comopago por sus “servicios”. Todo cuanto rodea al verdugo es abyecto.Los “sanitarios” impolutos que hoy ejecutan en USA con la intección letal no son menos despreciables que los que en Irak se ufanan de hacer sufrir a sus víctimas.

  14. Terrible.No creo que leamos la obra, ni que tenghamos aliento para ello.El tema, tratado así, es aleccionador.Vamos a hecer la expperiencia de comentarlo con la “basca” a ver qué nos dice. Ya lo comenaremos aquí.

  15. soy partidario dela pena de muerte. Es más justa, más barata y más clemente. A ver si son capaces de discutirme esas tres conclusiones.

  16. En su periodico, EM, creo haber leído una crítica muy mala de esa obra firmada por Bonilla y un comnetario porelestilo alsuyo firmadò por Cuartango. ¿A quién creer?

  17. Desde madame la Guillotinne hasta hoy ha llovido mucho. La mentalidad de casi dos siglos y medio ha cambiado mucho. Y además en 1948, cumple aniversario redondo ya mismo, se proclama la Declaración Universal de DD. HH.

    Desde entonces sí que no debería existir la pena de muerte en el mundo y nos ahorraríamos la existencia de los verdugos. Pero las mismas grúas con las que aquí se amasa el ladrillo de oro se cuelga en otros sitios a dúlteros, ladrones o, camuflados como tales, a los desafectos a según qué regímenes.

    Alguien podría haberlo dicho pero puesto que no, lo hago yo: qué son sino vedugos quienes decretan hoy ‘la muerte civil’ de ciudadanos cuyo crimen es el enfrentamiento a los poderes establecidos. (Escribo desde Andalucía, por si alguien aún no lo supiera. Mi amigo fue una vez candidato del PP a una concejalía en un pueblo con treinta años de alcaldes de la pezoe y desde entonces palpa el vacío que le hacen alrededor.)

  18. 18:28
    “Los “sanitarios” impolutos que hoy ejecutan en USA” que menciona don Heródoto son los sucesores profesionales de aquellos voluntarios aficionados que se ofrecían por centenares cuando había que fusilar a alguno. Cosas de humanos…

  19. También conocí a un fusilador de esos, mi don Elitróforo. Estuvo en una cárcel con su padre y su hermano, desde el 18 al veintitantos de julio del 36. Los entrullaron por ser de misa y comunión, supongo que entre otros motivos.

    Desde los tejados los acribillaron como a gazapos en el patio de dicha cárcel. Él, herido, se salvó haciéndose el muerto y permaneciendo inmóvil entre cadáveres durante varias horas.

    Cuando entró en su pueblo el comandante Castejón y sus legionarios, el hombre, que no tenía más que veintitantos años era voluntario para dar paseos a la tapia del cementerio noche sí y noche también. C’est la vie.

  20. Olvidé aclarar que entre aquellos cadáveres expuestos al calor de julio, estaban los del padre y el hermano del mentado.

  21. 20:13
    Sí, doña. Es terrible el caso que cuenta, y como ése hubo muchos.
    Yo también conocí en Huelva a uno de esos cuyo nombre me cuesta omitir, pero yo me refería a los voluntarios que hasta hace pocos años sustituían en las cárceles USA a los verdugos profesionales cuando la ejecución tenía que ser por fusilamiento.

  22. La pena demuerte tuvo su lógica histórica como la tuvo la hambruna o la peste bubónica.Y con ella,el verdugo. Tras la Declaración ésa de DDHH que ingenuamente invoca doña Icaria (¿por qué no retrotraer la cosa al a Declaración americana?) ya no debería matarse a nadie y, por tanto, no tendría por qué haber verdugos.
    Ahora, que verdugo no es sólo el que aprieta el nudo en la garganta sino todo aquel que comparte la lógica del “crimen legal”.

  23. Una columna para recortar y conservar. La evocación del padre discreto pero justo es admirable y la intención implícita, magnífica, emocionante. Habrá que leer ese libro (los dos recomendados). No acabaremos nunca de llorar a aquellos muertos vivientes.

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