No es normal lo que está ocurriendo desde hace algún tiempo en España con el Rey, es decir –y perdonen que insista– con el Jefe del Estado. Ni mucho menos. Todavía cuando un capitán Milans, hijo del general golpista, insultó al monarca en el Club de Campo madrileño se cubrieron las formas, pero luego se ha relajado el asunto de manera que cualquier mindundi puede alcanzar su minuto de fama sólo con disparar hacia arriba sus insultos en la seguridad de que la proeza quedará impune. ¿No han absuelto a Otegui tras llamar al Rey “jefe de los torturadores”, no se ha ido de rositas el ex-alcalde de Puerto Real después de llamarle “hijo de crápula” y alguna otra lindeza? Nada tiene de extraño el crescendo que vivimos estos días, primero con la decisión del alcalde proetarra de San Sebastián, tolerado por el Gobierno, de apear el cuadro del Rey su sitio oficial, y más tarde con el insólito cartelón que han colgado durante horas en un edificio de la Gran Vía madrileña con la efigie del Jefe del Estado –insisto—entre las de Clinton y Carlos de Inglaterra, como anzuelo publicitario de una empresa (¿) que ofrecía al público un raro servicio: contactos para la infidelidad conyugal. Es verdad que ya habíamos oído en la tele a alguna actriz en decadencia sugerir escabrosísimos detalles sobre su presunta relación sentimental con el Rey –¡ay, la tan española leyenda de los Borbones, fomentada incluso por los bastardos!—pero eso se queda en una anécdota de esta historia vecindona si se compara con los últimos casos citados. Éste debe de ser el país más libre del mundo, a juzgar por las apariencias, pero yo lo que creo es que nuestro régimen constitucional ha carecido desde el principio de un fundamento firme como quizá corresponda a una nación en la que no hay monárquicos genuinos sino todo lo más cortesanos, que es cosa bien diferente. Si los hubiera –empezando por el monarca—sería poco probable una desafección tan llamativa como la que se gasta aquí con la institución.

 

Al Rey lo han convertido, al menos mediáticamente, en el pito del sereno, en un muñecón de pimpampún al que el más tonto de la feria puede insultar impunemente a socaire de este sarampión ultragarantista que permite a los reos pitorrearse de los mismos jueces que los absuelven. Y yo creo que buena parte de esta responsabilidad por la quiebra del respeto al Estado la tiene el propio Rey que ha convertido su silencio en una suerte de inhibición que debilita su imagen pero, de paso, que es lo malo, degrada la dignidad del Estado. El Gobierno no sabe lo que hace amparando estos desacatos que, hoy por ti mañana por mí, podrían acabar saliéndole por un pico también a él.

7 Comentarios

  1. Me constan sus ideas republicanas pero estoy de acuerdo con lo escrito hoy. El respeto al Estado es condición necesaria, no hay posibilidad de eludirlo. Si no quiere monarquía no tienen más que cambiar la Cosntitución. ¿Lo querría este pueblo a estas alturas? Eso francamente no lo sé.

  2. No se puede consentir que la autoridad permita el constante ataque a los símbolos constitucionales, entre ellos el Rey o la bandera. Lo del cartel de la Gran Vía mereció una actuación inmediata y enérgica del Ministerio del interior, que no se produjo, como era de esperar, como no se ha producido en San Sebastián ni va a producirse en Lizarra. Malos tiempos. Me aperec muy acertado que no olvide la parte de culpa –por omisión– del propio Jefe del Estado.

  3. Lo que sorprende es el silencio de la Casa Real ente lo del cartelón e incluso ante lo del retrato retirado por los pretarras. Imagino que en cualquier país el jefe del Estado hubiera montado el pollo. ¿Falta de energía, que en boca cerrada no entran moscas? Puede ser pero entonces que no se quejen esos monárquicos que jagm califica de cortresanos.

  4. No conozco a ningún progresista que se preocupe por ese agujero negro de nuestra política, uno que se ha hecho rico en tan poco tiempo a costa de moros y cristianos. ¿Porque lo hace usted?

  5. Todo esto se arreglaba con una buena República, ya sin tantos miedos como hace treinta años. El futuro de la monarquía es comprometido, incluso allí donde se resisten a convertirse en un parque temático, y no me refiero sólamente a Mónaco.

  6. Por mi parte entiendo que lo que ja pretende subrayar es la gravedad que supone la rebeldía contra las instituciones decidica unilateralmente por un grupo político o por un ciudadano. No es lógico, desde luego, menospreciar al Jefe del Estado en público, porque en ello hay siempre un riesgo de inestabilidad. Si quieren una República que la exijan si pueden. Mientras mantengamos esta Constitución –que es la más duradera de nuestra Historia,. no se les olvide– habrá que respetar lo que en ella se contiene.

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