En medio de la zapatiesta provocada por presunto plagio presidencial, la verdad es que no es fácil determinar cuál de los argumentos prosanchistas resulta más desconcertante. Para mí, en todo caso, lo sería el de los porcentajes del plagio, esa linde dudosa con que las máquinas separan la inocencia de la culpa. ¡Pues no que dicen que no hay plagio si éste no supera el 13 o el 17 por ciento del texto total! El problema para esos abogados de imposibles está en que plagio, lo que se dice plagio, todos sabemos de coronilla lo que es, a pesar de que el negocio digital mantenga “on line” un puñado de sistemas informáticos pretendidamente debeladores y capaces de averiguar, según cuentan, si un texto es original o es copia. Cierto que siempre hubo plagios y, sobre todo, acusaciones de plagio. ¡Ni Cervantes ni Shakespeare se libraron de ellas, como no se libró Valle-Inclán! Y ya conocen el demoledor apotegma de D’Ors –“Lo que no es tradición es plagio”— que Ignacio Camacho rescataba aquí el otro día de la fachada norte del Casón del Buen Retiro. Siempre fue un deporte esto de descubrir al plagiario.
Claro que siempre hubo también desdramatizadores. A mí el que me pirra es Giradoux, tan gran citador, que se pasó de pértiga y llegó a decir que el plagio es la base de todas las literaturas salvo de la primera, pero que a ésta, ay, aún no la hemos conocido. Más cínico y, desde luego, más práctico, recuerdo que Poe opinaba que, en fin de cuentas, la ventaja del pillaje literario consistía en que el plagiario no tenía por qué exigirle a su obra más de lo que realmente valía. Borges, que tan genialmente había chupado de nuestros barrocos, defendió a Pierre Menard por su “remake” quijotista, y para mí que Cela se divirtió no poco cuando le tocó a él la acusación. Pero por más vueltas que le demos al manubrio está más que claro sólo hay un supuesto que legitime ese truco y es que el plagiario supere al original. Allá por nuestro Siglo de Oro se llamaba a eso “plagio con asesinato” y todavía Unamuno, en plan Thomas de Quincey, bromeaba con ese concepto. ¡Pero plagiar una birria o perpetrar ese asalto para muñir un bodrio…, hombre por Dios!

Muchos doctores se han arrepentido de su tesis –y palabra que no me incluyo–, alguno tan grave e insigne como Ortega, que mandó recoger la suya sobre los horrores del Milenio, pero claro está que Ortega no era un plagiario sino un urgido porque ya se sabe cómo de absurdo puede ser un “cursus honorum”. ¡Pero mira que discutir sobre el porcentaje de fraude aceptable en una tesis! ¿Acabaremos midiendo también porcentualmente un atraco o una violación? Cuando Quintero pidió a Beni de Cádiz su opinión sobre la epidemia del SIDA, aquel genio le aconsejó abstenerse de usar wáteres públicos. Porcentualista él también, avisaba con prudencia de la posibilidad de pillar en ellos “un poco de sida…”. ¿Un poco de plagio, pues?

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