Resulta difícil negar que este Gobierno frentepopulista ha de bregar con pesadas cargas. La pandemia –ya se confirman los 50.000 muertos con los que Vox hacía reír a Sánchez–, el naufragio económico y el desbarajuste político actuando al mismo tiempo bastarían para desanimar al más bragado. Pero nada puede dar razón del deplorable espectáculo de nuestra vida pública ni de la inmensa flaqueza de un gobernante incapaz de controlar ni a sus propios ministros. La imagen de ese Rufián –tienta escribir el apellido con minúscula— mostrando al Congreso la foto infantil del Jefe del Estado para acusarlo de franquista, puede que no haya colmado la ignominia pero, desde luego, deja clara la estrategia anticonstitucional de ese contrahecho gabinete: sólo un plan autorizado por Sánchez puede explicar que se haya pasado de silbar al Rey o quemar su fotografía a llamarle públicamente ladrón o a acusarle de maniobrero y parcial a pesar de su hasta ahora exquisita discreción. Quizá debimos imaginar la que se nos venía encima el día en que el impresentable que hoy nos vicepreside acudió a la cita con el Jefe del Estado con las mangas remangadas. Y no lo hicimos,

Desde luego lleva razón el ministro de Justicia cuando anuncia temerariamente que España está inmersa en una crisis constitucional. Es más, entiendo que se queda corto ese ilustre sujeto porque, en realidad, más que de un inquietante rumor de fronda, lo que se advierte ya en la nación no son sino los pródromos de una explosión incontrolada, tras la que acechan como artificieros los etarras blanqueados y los golpistas cuyo indulto se anuncia. Porque ¿alguien puede maginar que en un ruidoso Parlamento como el británico alguien llamara ladrona a la Reina o si en la Francia jacobina algún beocio osara anunciar —-desde el interior del propio Gobierno– la sustitución de la legítima República por la destronada monarquía?

No, estos meneos no son hazañas espontáneas de héroes revolucionarios (miren donde vive Iglesias o repasen el álbum de boda de Garzón) sino pasos cuidadosamente calculados dentro de un proyecto de demolición del Estado actual, es decir, una conspiración a la sombra del Poder de un acreditado defraudador –un antiguo náufrago, por cierto– al que un imprevisto golpe de mar ha subido al puente de mando justo en plena galerna y que está dispuesto a echar por la borda, si fuera preciso, a toda la tripulación. Si Bellido Dolfos apareciera hoy de repente, lo mandaban al paro estos ganapanes.

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