Mi llorado amigo Eugenio Trías mantuvo en sus últimos años una fuerte inclinación por Irán, para cuya peculiaridad reclamaba discreción al tiempo que auguraba, en medio de las peores circunstancias, la posibilidad de una evolución razonable. Lo he recordado ante la noticia del triunfo de la moderación, encarnado por el clérigo Hasan Rohani, ante el que se han felicitado varias potencias occidentales, frente al radicalismo insensato y provocador de Ahmadineyad. Rohani anuncia la apertura del país a una convivencia razonable, dentro de los límites que le impone el control religioso de Consejo Supremo de Seguridad presidido por el “líder supremo”, como han advertido sin demora los Guardias de la Revolución. Pero la victoria aplastante de Rohani no se explica si el país no hubiera evolucionado internamente, es decir, si el voto no fuera el reflejo de unos intensos cambios sociales propiciados por una nueva mentalidad cada vez menos compatible el rigorismo islamista, cambios que van desde el comportamiento bursátil hasta las actitudes íntimas, como lo prueba el descenso radical de la natalidad y la profunda mudanza de las costumbres y actitudes sexuales que certifican el rápido aumento de los divorcios o del aborto, así como el retraso de la edad matrimonial por no hablar del auge de la prostitución tanto femenina como masculina. A Rohani lo ha votado un país que, previamente, ya había afilado su voto en la intimidad en busca de una liberalización hasta ahora negada por el fanatismo radical. Los cambios políticos responden a silenciosos procesos de mutación. La imperceptible micropolítica es la causa de que, tarde o temprano, cambien los rumbos y se impongan las tendencias.

El doctrinarismo islamista va a encontrar, en fin de cuentas, ese muro de la opinión renovada cortándole el paso, tal vez porque no hay política posible al margen de la tendencia universal de una cultura que, en la sociedad mediática, tiene a ser cada instante más universal. La ubicuidad de la imagen –tv, Internet…– ha hecho que las modas también sean ubicuas y eso no hay disciplina impuesta que pueda contenerlo. E Irán ni iba a ser una excepción, como no acaba de serlo, en última instancia, ni siquiera Afganistán. La vida tiene su propia dinámica ante la que la política dispone de escasas posibilidades de éxito duradero. Se confirma que, ante el fanatismo, la moderación puede también ser el camino más corto hacia el progreso.

5 Comentarios

  1. Tendré que ver para creer. Seguro que hay cambios en la mentalidad y exigencias secretas en la gente. Pero un régimen como el inventado por los mulás no dejará de oponer una resistencia muy fuerte. Quisiera equivocarme pero desconfío de las posibilidades de este “moderado” que acaba de llegar al poder.

  2. Ahora, en vacaciones, más cerca unos de otros, leo con más fruición tus comentarios, siempre bienintencionados, siempre cultos e informados. Quizás no haya mucho lector que valore el esfuerzo mantenido durante tantos años por mantener a sus lectores asomados a una realidad que no siempre es fácil contemplar ni comprender.
    Sobre lo de Irán también yo soy bastante escéptico (ya sabe que el pobre Eugenio era un gran fatalista/optimista, puro oxímoron) y creo, como acabe de comentarse que no será fácil devolver a los clérigos a sus mezquitas.

  3. Difícil situación pero esperanzadora, no me sea cenizo, don Berlín, y no califique de esa forma a Trías, que era un gran espíritu libre como bien sabemos muchos de nosotros. Irán es un problema, seguro, pero no deja de ser interesante el alejamiento de ese terrorista que lo presidía hasta ahora. Alá se digne concederle al sucesor mayor tino y menor fanatismo.

  4. Mala de arrancar es esa raíz fanática, pero hay que con fiar siempre y dar un margen de esperanza a las mudanzas razonables. Parece que el peso de la opinión femenina ha influido bastante en este relevo que bienvenido sea si es lo que parece.

  5. Siempre pensé que la intervención del clero en la política era mala cosa. A la vista de lo está pasando en Medio Oriente (y en medio mundo) tiendo a pensar que el Islam está viviendo ahora la terrible y desgraciada Edad Media y Moderna que vivimos nosotros los cristianos inquisitoriales. Dios está por encima de toda esa minucia, por temible que la minucia pueda ser.

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