Contra todo pronóstico, abundan ya los indicios de que el mundo que vamos a dejar a nuestros descendientes no va a ser el edén prometido hasta hace poco por la utopía tecnológica. La penúltima alarma procede de la recomendación de los pediatras de vacunar a los niños contra el papiloma humano, guinda que remata el pastel habitual de los informes sobre la difusión creciente de las enfermedades llamadas eufemísticamente “ETS”, es decir, las venéreas de toda la vida. Nuestros menores corren ese riesgo antaño reservado a los adultos al tiempo que la consulta del endocrino aumenta sin cesar hasta provocar la evidencia de que la raza engorda de manera peligrosa a causa, según parece, no sólo de la desconsiderada ingesta de “fast food”, sino al sedentarismo condicionado por la arrasadora moda del juego electrónico que mantiene obligadamente sedentaria a la santa infancia. Esta sociedad, cada día más cercana de la que profetizó la gumia de Botero, parece una venganza contra la llamada “sociedad opulenta” por parte del Tercer Mundo famélico.

Hace unos años recorrió el mundo el fantasma de la crisis alimentaria. Se satanizó la ingesta de carne –Dios sabe por mano de qué intereses– no sólo alertando del peligro que arrastraban las “vacas locas” sino esgrimiendo el espectro de las dioxinas, presentes lo mismo en la grasa animal que en una inocente rebanada de pan tostada en exceso. Que en poco tiempo se disipara esa alarma, tal como poco después se disiparía la disparada por la amenaza de la gripe aviar, poco importa habida cuenta de que la cicatriz psíquica habría de permanecer alojada en la duramadre de la tribu.

¿Por qué, justo cuando las posibilidades de la especie alcanzan un punto culminante, cuando se proyecta alcanzar astros lejanos y los biólogos reconocen que, en teoría al menos, la vida podría prolongarse indefinidamente, o cuando el progreso material permite globalizar como en un pañuelo la aventura de la vida humana, por qué, digo, hemos de enfrentarnos a una sociedad futura si no realmente vedada, al menos cuestionada para sus futuros usufructuarios? ¿Por qué cuando la técnica permitiría alimentar a todo viviente aumenta la tragedia de las sociedades míseras y cuando hasta se habla de una suerte de inmortalidad, siquiera virtual, se dispara la estadística de suicidios que incluye una temible tasa de menores? Una civilización que lleva muy adelantada la utopía robótica redescubre la impiedad liberalista que condiciona el crecimiento a la depreciación del trabajo: ¿no parece esto la cruel ironía de un destino cainita?

Atrapado en la paradoja que supone vivir entre paréntesis en la mejor circunstancia conocida por la especie, miro desconcertado a ese niño que aguarda inocente a que los adultos lo protejan de los males que ellos mismos produjeron. El presunto despliegue hegeliano de la libertad en la Historia va camino de necesitar sin remedio el auxilio de su agente de la condicional.

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