En la marcha de la especie humana el optimismo ha funcionado siempre como una suerte de lubricante óptimo para contrarrestar la sequedad de le evidencia. El hombre se agarra a ese clavo ardiente que hizo posible, hincado en el hallazgo de la “globalización”, el éxito mundial de la que se llamó “new age”, la nueva era en la que todo –desde los avances tecnológicos hasta la fluidez financiera– prometía convertir la vida humana en en miel sobre hojuelas. ¿Que qué pasó? Pues que una noticia disparada en septiembre del 2008 sobre el espectacular desplome de Lehman Brothers y la consiguiente ruina en cadena que produjo, devolvería los soñadores a la dura realidad.

Conviene volver siempre a las páginas del “Cándido” en que Voltaire se divierte pulverizando la euforia de Leibnitz a propósito del terremoto de Lisboa y hace decir a Pangloss: “Este es el mejor de los mundos posibles”. Pero en lugar de ello, una y otra vez el sabio vuelve a entusiasmarse hasta pergeñar un Apocalipsis al revés, el relato de la inevitabilidad del progreso, ese mito burgués que Bury desveló hace tanto. El último caso es el de Pinker, ese “científico cognitivo” que augura un esplendoroso futuro a este mundo sumido en tantas desdichas y atrocidades. Cientos de voces se levantan contra ese profeta que, ciertamente, deja entrever un brillante ingenio que, al bendecir la realidad actual, sugiere una dudosa connivencia reaccionaria.

Se amontonan los datos favorables a su tesis, es verdad también –se alarga la esperanza de vida, mejora la salud y el hombre no había conocido un mundo más pacífico, progresa el igualitarismo…–, no menos que la evidencia contraria: nunca conoció ese hombre un planeta más agraviado por la miseria, ni genocidios tan frecuentes o epidemias tan inesperadas. ¿Que el niño sabe hoy más que nunca? Pues  quizá ( aunque según se mire), pero ¿no es obvio que ese niño, abismado en su “tablet” y abducido por su videojuego, tiene todas las papeletas para vivir peor que sus padres? Acaso las “generaciones perdidas” no son más que un eslabón preciso en la cadena dialéctica que, en fin de cuentas, parece ser la crónica de nuestra desconcertante evolución.

Siempre habrá optimistas y agoreros, seguirá el humano debatiéndose entre la ilusión conformista de un mundo feliz o la fantasmagoría alarmante del vuelco social. Voltaire contra Leibnitz, Fukuyama junto a Amin Maalouf contra Pinker, da lo mismo. No es grato para los compadres de mi generación reconocer que  hemos acabado descolgándonos desde el utópico frenesí de las grandes dialécticas hasta recalar como náufragos en la playa vespertina del doctor Pangloss.

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