Un mito campesino

Un profesor de la Universidad Politécnica Valenciana, José Miguel Mulet, ha escrito el libro de título más provocativo de los últimos años: “Los productos naturales, ¡vaya timo!”. Lo he buscado con diligencia porque mi hermano, que es gran experto (y práctico en la materia) anda muy preocupado con el proyecto onubense de acabar con los dichosos mosquitos mediante el uso de bacterias. A mi hermano no le llega la camisa al cuerpo ante la posibilidad de que, ignorantes como somos en esta técnica ciertamente atrevida, cualquier día pudiéramos vernos ente una mutación de esos microorganismos que los hiciera revolverse contra nosotros una vez liquidados los dípteros nematóceros, aparte de que lleva semanas sosteniendo que el lío del “pepinazo” alemán lo más probable es que tenga su origen en un efecto no deseado de la agricultura ecológica. Bueno, pues me llega el libro del profesor Mulet –al que los ayatollás  le van a dar fuerte y flojo—y en él veo que confirma ce por be esas sospechas sobre los riesgos del cultivo ecológico  al utilizar a gran escala esos fertilizantes naturales que son ricos en E.coli y otras bacterias y, en consecuencia, capaces y capataces de ocasionar problemas como el planteado. Sostiene Mulet que, como demuestra una amplísima bibliografía científica, las propiedades de los productos de la agricultura ecológica no son mejores ni más seguros que los de la agricultura convencional aunque su precio –¡vaya timo, en efecto!– pueda llegar a ser tres o cuatro veces más alto. ¿Y por qué? Pues porque los controles de calidad oficiales prácticamente no existen, toda vez que las normativas se limitan forzar el cumplimiento de un reglamento que se apoya sólo en esa “razón mítica”, valga el expresivo oxímoron, que halaga el incierto narcisismo medioambientalista. Esos certificados de producción ecológica no garantizan que lo que el individuo consuma “sea mejor para el medio ambiente, ni más sano, ni que esté más bueno”, asegura Mulet, quien denuncia de paso el uso ecologista de sales de cobre como fungicidas e insecticidas de enorme impacto contra las abejas, por ejemplo.

 

¿Una superstición, entonces? Pues es probable y, como tantas supersticiones, caras hasta lo prohibitivo. Rechazar el algodón transgénico le ha costado a Europa pasar de exportadora a importadora, por no hablar de que habría en el mercado, según Mulet, insecticidas y fertilizantes sintéticos mucho menos agresivos y más eficaces que los “eco”. Cierro este libro provocativo convencido de que los “verdes”, por una vez, van a tener que hablarle a la cabeza además de camelar al corazón.

12 opiniones en “Un mito campesino”

  1. Celebro esa sinceridad del comentario, hoy que resulta peligroso pronunciarse contra estas modas. Del ecologismo se han derivado no pocos beneficios para el planeta. También una enorme cantidad de tópicos que han perjudicado incluso al mantenimiento (caso de la psotura contra los transgénicos) de los hambrientos. Mucho en ese catecismno son cuentos chinos. Es importante que profesores y expertos empiecen a tener el valor de oponerse a la “marea verde”.

  2. Siempre descoinfié de la siembra masiva de estiércoles en nuestros campos. A cualquier se le ocurre que esos métodos son arriesgados pero la mitificación de todo lo “ecolo” ha servido, no se olvide, para enmascarar el derrumbamiento de la izquierda. Un mito gigante del siglo XX ya cllásico que empieza a comprobarse que tenía los pies de barro.

  3. Nunca he creído en esas lechugas y patatas “caras”, porque eso es lo que son. En nuestras Administraciones hay quien vice hace decenios en el cocvhe oficial oficiando esa misa falsa. En Andalucía, para empezar, no me desmentirá al autor de este blog, que lo sabe con fundamento.

  4. Van a perdonarme que hable claro. Los abonos pueden ser, seguro que lo son, sucias materias. ¡Pero y la caca de todo tipo (vacuno, gallináceo…) que se está sembarnbdo en nuestros campos. Mi marido ejerció durante toda su carrera de analista y siempre dice que esos abonos son fuente segura de contaminaciones.

  5. El aprendiz de brujo no aprende.

    En Europa desterramos el algodón transgénico y les damos a nuestros bebés la papilla de cereales con soja “modificada genéticamente”.

    Estamos sustituyendo el pescado extractivo por el de “granja” ignorando la fuerte contaminación de las costas que producen las, cada vez más abundantes, piscifactorías.

    Es que no tenemos remedio.

  6. Vimos en la niñez al labrador guardar el estiércol y usarlo con moderación. Ahora lo que vemos es una casi religión de la pureza materialista que ve algo parecido al pecado en la utilización de la química en la agricultura, ¡como si en sus remedios no hubiera química! Esta generación es más inocente de lo que cree.

  7. Compartimos el criterio de ese profesor y algunos de los comments aquí colgados en el día de hoy. Lo que no significa en absoluto que apostemos por la “química” dura, que tampoco sabemos, efectivamente, si es más o menos “dura” que la de esos abonos “naturales” recogidos en cuadras y gallineros. Tema valiente, como debe ser.

  8. Ustedes observen con atención y comprobarán que no encuentran a a un verde salido del campo, y rara vez alguno relacionado con las ingenierías relacionadas. Se entretienen así, de la misma manera que (como ha señalado anteriormente Pangloss) muchos politicos y pensadores de izquierda han rellenado el vacío ideológico con esa ganga. ¿Se acuerdan de Cohn-Bendit, el rojo del 68? Pues ahó lo tienen viviendo del cuento verde.

  9. ES una moda que pasará, una moda propia de países ricos. Mientras, los países pobres pasan hambre porque los señoritos verdes impiden la producción de transgénicos sólo por sospechas. Eso es triste.

  10. Nemo y Mari Cruz dicen que …

    Bueno, para aproximarnos al conocimiento hemos descubierto el método científico que permite a los aviones volar, a Internet llegar casi instantáneamente de una punta del otro al globo, a la medicina bajar la mortandad del cancer a mucho menos del 50% en muchos tipos y alargar la vida en casi 30 años ,…

    Si nos fiamos (sin excesos, que nadie es santo) de los procesos de control e inspección de expertos, a menudo independientes, que se pasan años estudiando, antes de poder firmar; nos irá mejor que si nos fiamos de locuaces fanáticos casi paranóicos.

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