Sería como a mediados de los 60 cuando, por mediación de mi primo José Villadeamigo, el médico y escritor sevillano José María Osuna –un carrionero refugiado en Cazalla— me envió a Madrid un libro de poemas intensos e inquietantes titulado “Oraciones al Dios difícil”, al que enseguida dediqué una crítica en Cuadernos Hispanoamericanos. Desde entonces mantuve con aquel médico-poeta una afectuosa relación que fraguó sólida cuando, en unas vísperas vacacionales, lo conocí en su casa de la sevillana calle de Monsalves. Recuerdo a aquel hombre imponente en su llaneza, embutido en su batín y calzado con sus zapatillas caseras, su perfil algo quijotesco, su hablar pausado y un cierto aura desengañado que prestaba a su figura un singular atractivo humano. Yo había leído ya para entonces su estupendo libro sobre “Los curanderos” –un verdadero hallazgo del que don Julio Caro Baroja me hizo interesantes elogios cuando le proporcioné un ejemplar— y “Andalucía en el fiel” pero, sobre todo, teníamos subrayado en Triunfo, lo mismo Víctor Márquez Reviriego que yo, “La novena provincia andaluza”, un inteligente atisbo sociológico sobre la emigración andaluza a Barcelona que bien merecía la pena que leyeran los actuales merluzos del antiespañolismo.

Encima de la mesa de su comedor, donde me recibió una tarde, me llamó la atención la fuente de almendras que convidaba al visitante para explicarme luego los beneficios de ese fruto para el páncreas , detalle que retengo para situar su eminente figura médica en el extraño plano en que convergen el sabio estudioso y el “médico de pueblo”, atento observador de la realidad, que él presumía de ser. Mucho discutí con él –¡gran paciencia la suya con mi vehemencia juvenil!— sobre las ilusiones que el viejo comunista desengañado se hacía sobre la herencia árabe y, más si cabe, sobre su pretendido rescate del andalucismo de Blas Infante que luego enarbolaría el PSA. Y mucho aprendí de sus juicios –científicos, literarios, políticos—en aquellas visitas y a través de una frecuente correspondencia que conservo. Aquel “médico rural” tan balzacsiano escondía un intelectual riguroso, de levantada espiritualidad y grave pero contenida pasión política. Hoy lo recuerdo –alta figura, bigotito breve, delicadas manos—apasionado contra la superstición y rendido, como tantos talentos andaluces, a un inexorable destino que él sabía orientado irremisiblemente al olvido.

1 Comentario

  1. Don José António qué figura más entrañable la de su amigo! Pero hay tantos así, verdaderos gentilhommes por oposición a toda la bajeza que impera hoy, que están condenados al silencio y al olvido….. Qué tristeza este mundo tan bajo, tan mediocre, en donde si alguno pudiera descollar todos se lanzan contra él.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos requeridos están marcados *

limpiar formularioMostrar los comentarios de la entrada

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.