Un maestro es su herencia

A principios de los sesenta pasé yo mi via crucis de las milicias universitarias en el segoviano paraje de El Robledo, con el inmenso Llano Amarillo enfrente y a la espalda el serrijón sombrío de Matabueyes. Entre mis pocos alivios contaban los frecuentes paseos dominicales en los que acompañábamos al profesor Carlos Ollero, maestro sevillano que veraneaba en su chalé de la carretera de Valsaín. Don Carlos era un hombre serio y jovial, enérgico pero delicado, que se había pasado la vida sorteando las dificultades de conciencia que le planteaba el Régimen con el que, mal que bien, nunca logró romper amarras, desde que muy joven Ridruejo le encargara formar un grupo de Prensa y Propaganda en el que destacaron, como ya he contado aquí, el ministro Gamero del Castillo junto a Diego Romero, Eduardo Llosent, Mercedes Fórmica, Romero Murube y Fernández Ortiz entre otros.
En uno de aquellos paseos entre pinares don Carlos -que por costumbre te agarraba por el codo mientras con la otra mano gesticulaba expresivamente- me hizo una confidencia que no he olvidado: “Mira, hijo, mi biografía serán mis colaboradores”,  frase que reencuentro en el obituario que le dedicó el profesor López Pina. Ollero, que sacó su cátedra a principios de los cuarenta, alternaba con Fraga, año y vez, Derecho Político con Constitucional en la facultad de Políticas, y fue siempre un excelso conocedor de los vericuetos de la “cooptación”, arte fino que le permitió, primero facilitar la cátedra de Murcia a Tierno y luego, caso infrecuente, a la casi totalidad de esos “colaboradores”, Raúl Morodo, su inseparable, Pedro de Vega, Antonio López Pina, Carlos de Cabo, Julián Santamaría o Miguel Martínez Cuadrado.
Nunca quiso ser ministro de ese Régimen que cuestionaba sin duda -aunque rehusó firmar a favor de los catedráticos expulsados en el conflicto de 1965-, pero no cabe duda de que su famoso Documento Ollero, biblia de un nuevo monarquismo social, constituyó una aportación clave en la transición española. Recuerdo haberlo acompañado muchas veces a su piso de la calle Ibiza (creo recordar) y luego al que la ayuda de Gamero, entonces consejero del Santander, le consiguió en Rodríguez de San Pedro. Con enojada tristeza me refería muchos sucesos irrepetibles de los años de guerra en Sevilla y anunciaba, con la vehemencia del ágrafo, su estudio comparativo entre Balzac y Galdós. Su herencia fue su biografía, efectivamente. Aún lo veo caminar por La Granja siempre confidente y generoso.

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