No estoy tan seguro como ese premio Nobel que ha profetizado que la obra de Acemoglu y Robinson “Why nations fail?” (Por qué fracasan los países) acabará siendo para nuestros nietos lo que la biblia smithiana, “La Riqueza de las naciones”, fue para nuestros abuelos y para muchos de nosotros aún. Lo que sí diré sin titubeos es que ese libro es la obra de análisis sociopolítico y económico más apasionante que he leído en mucho tiempo. No se pierdan por los atractivos meandros de sus ejemplos históricos, espejismos tan verídicos como pedagógicos, no sigan si no quieren el foco de los autores cuando alumbran esas parejas desiguales que son las dos Coreas o las dos medias ciudades de Nogales, para convencernos de que la prosperidad o la pobreza de los colectivos humanos dependen antes que nada de su solvencia institucional, pero quédense con la almendra del hallazgo fenomenal de estos autores: un país funciona si su economía (es decir, su sociedad) se basa en instituciones “inclusivas”, y fracasa si se funda en instituciones “extractivas”. Venecia creció cuando la Serenísima inventó la “commenda”, esa especie de “UTE” en la que los ricos ponían su dinero (y su ganancia) en manos de los arriesgados emprendedores, y comenzó su declive cuando sus elites, celosas del éxito de la nueva clase, destruyó ese instrumento prodigioso. Un precioso recorrido por la historia universal permite mostrar cómo cuando la situación política propicia el dominio de las instituciones “inclusivas” los países marchan viento en popa, mientras que cuando lo que priva es el régimen “extractivo”, la decadencia está asegurada. Cuando un incauto se presentó ante Tiberio para ofrecerle el invento del vidrio irrompible, el emperador lo mandó ejecutar, consciente del grave riesgo que correría con semejante innovación el precio del oro. Las instituciones tienen un peso extraordinario, incluso determinante, sobre la vida social y económica. En medio de esta crisis no se me ocurre reflexión más crucial.

Depende de la política de cada Gobierno la naturaleza de las instituciones sociales, la prosperidad no es ajena a la política sino todo lo contrario, y desde luego, no es compatible ni con la debilidad ni con la corrupción. Mucho dará que hablar la obra de Acemoglu y Robinson. En una España crítica y podrida políticamente hasta el tuétano se me ocurre también que debería ser de lectura obligada para la inmensa mayoría que vive la crisis a ciegas.

1 Comentario

  1. La vieja clasificación de la población: productiva y extractiva. Nuestro problema no es tanto por la cantidad de “extractores” que poseemos,–pocas naciones europeas nos superan– sino la escasa productividad de gran parte de esos extractores, señalados por el dedo del nepotismo y el enchufismo. Medio millón solo en Andalucía. ¿Útiles?

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